Sin espinas ni llagas

rabano mauro

Muchas civilizaciones del mundo han incluido sacrificios en sus ritos. Con ellos se buscaba el favor de los dioses o el apaciguamiento de su ira. El sacrificio es un fenómeno que Marcel Mauss denomina “el intercambio de dones”, dar esperando algo a cambio. Los rituales de sacrificio, reglamentados en sus más mínimos detalles, otorgaron además a sacerdotes o brahmanes un poder sobre los dioses.

Cuando Jesús muere acaba con los sacrificios que hacían los judíos, acaba con el Dios otorgador. Muere simplemente, recitando los salmos de la Biblia que tan bien conocía. No pide nada. Ama.

Hasta que, no se sabe bien cuándo ni porqué, se le convierte en “victima”. La cruz se convierte en el símbolo de su sacrificio. Entonces vuelve a aparecer el Dios de la antigua Biblia, el que vigila, otorga y amenaza. El que solo perdona con la intermediación de los sumo sacerdotes.

“Nadie nos moldeará otra vez con tierra y con arcilla,
nadie soplará palabra a nuestro polvo.
Nadie.
Alabado seas tú, Nadie.
Por amor a ti queremos
florecer.
En contra
de ti.
Una nada
fuimos, somos, seremos
siempre, floreciendo:
rosa
de nada, de nadie.
Con
el buril diáfano de alma,
el estambre desolado de cielo,
la roja corona
de la palabra púrpura que cantamos
sobre, oh sobre
la espina.”
Paul Celan, Salmo

(Imagen: Rabano Mauro: De laudibus Sanctae Crucis. 840. Biblioteca Apostólica Vaticana. Roma)