El cuaderno de agravios

epitre

La persona que no perdona no tiene paz. Lleva una lista de agravios y va añadiendo cada día nuevas ofensas. A veces esa lista empieza muy pronto, desde niño, cuando nos enseñan a escribir. Con el tiempo, la lista tiene nombres nuevos, muchos más y en todos los ámbitos, pero tampoco borramos lo que primero marcamos. Los agravios se van sumando, se van multiplicando y, al final, se van todos pareciendo.

La persona que no perdona lleva gafas de ver que todo lo distorsionan. El mundo es feo. No cree que pueda cambiar nada ni nadie. Cree saberlo todo y por tanto, no pregunta ni escucha. Juzga. Condena. Encuentra una explicación a todo. El problema son los otros.

La persona que no perdona contempla el mundo con los ojos irritados, sufre y tiene miedo, pero no llora. Seguramente no se lo permite. Mira ese mundo hostil y no sabe del dolor que lleva dentro. Duele la duda, duele descubrir errores, duele saber que no hay nadie perfecto.

«Asomaba a sus ojos una lágrima
y… mi labio una frase de perdón;
habló el orgullo y enjugó un llanto,
y la frase en mi labio expiró.
Yo voy por un camino, ella por otro;
pero al pensar en nuestro mutuo amor,
yo digo aún: ¿Por qué calle aquel día?.
Y ella dirá: ¿Por qué no lloré yo?.
Es cuestión de palabras, y, no obstante,
ni tu ni yo jamás,
después de lo pasado convendremos
en quién la culpa está
¡Lástima que el amor un diccionario
no tenga donde hallar
cuando el orgullo es simplemente orgullo
y cuando es dignidad!»
Gustavo A. Bécquer

(Imagen : Codex Bodmer « Épître d’Othéa » Christine de Pisan, 1400)