Ni sabe partir, ni llegar osa

rodin beso

No existe una pareja si no hay dos. La identidad de cada miembro, aparte de la suya propia, está definida en función del otro. Somos un uno formado con otro. Por eso con frecuencia, y sobre todo al iniciar una relación, tenemos miedo a acercarnos demasiado y quemarnos.

Pero, como una mariposa de noche con una lámpara, tampoco podemos alejarnos y nos cuesta mucho salir de una relación que sabemos que ha terminado. Seguimos dando vueltas, sin separarnos, porque en el fondo creemos que la luz viene del otro.

En la pareja volvemos a vivir la tensión primera, la que nos acompaña desde el nacimiento: soy un ser independiente y a la vez no puedo vivir sin otros. El hilo es fino. A veces, se rompe de tanto estirarlo o de tensarlo solo de un lado. Otras, ni siquiera somos conscientes de tenerlo delante, ni nosotros, ni tampoco padres, hijos, parejas,… aquellos a los que amamos.

«Como la simplecilla mariposa
a torno de la luz de una candela
de pura enamorada se desvela,
ni se sabe partir, ni llegar osa;
vase, vuelve, anda, torna y no reposa,
y de amor y temor junto arde y hiela,
tanto que al fin las alas con que vuela
se abrasan con la vida trabajosa.
Así, mísero yo, de enamorado,
a torno de la luz de vuestros ojos
vengo, voy, torno y vuelvo y no me alejo;
mas es tan diferente mi cuidado
que en medio del dolor de mis enojos
ni me acaba el ardor, ni de arder dejo».
Gutiérrez de Cetina

(Imagen: Auguste Rodin. El Beso. 1898. Museo Rodin. Paris.)