Más bellos en el otro o el ying y el yang

beato

En el siglo XII, en la región de Aquitania, el beato Roberto de Arbrissel, predicaba ante una comunidad de eremitas formada tanto por mujeres como por hombres. Las autoridades le solicitaron que se separaran por sexos. Fundó entonces una orden doble en el monasterio de Fontevrault. Se organizó incorporando en su seno distintos conventos: para monjes, para laicos, para mujeres célibes, viudas o para antiguas esposas de clérigos (y es que no fue hasta el concilio de Letrán en 1123 cuando se declaró oficialmente inválido el matrimonio de los sacerdotes).

Y es que, en los evangelios apócrifos, Jesús dice “Cuando seáis capaces de hacer de dos cosas una, y de configurar lo interior con lo exterior, y lo exterior con lo interior, y lo de arriba con lo de abajo, y de reducir a la unidad lo masculino y lo femenino, de manera que el macho deje de ser macho y la hembra, hembra; ….., entonces podréis llegar al reino de los cielos ».

¿Será por esa razón por la que el beato puso al frente del monasterio a una abadesa?

Una mujer y un hombre llevados por la vida,
una mujer y un hombre cara a cara
habitan en la noche, desbordan por sus manos,
se oyen subir libres en la sombra,
sus cabezas descansan en una bella infancia
que ellos crearon juntos, plena de sol, de luz,
una mujer y un hombre atados por sus labios
llenan la noche lenta con toda su memoria,
una mujer y un hombre más bellos en el otro
ocupan su lugar en la tierra. Si Dulcemente
Juan Gelman

(Imagen: Comentarios al apocalipsis, siglo X. Beato de Liébana. Monasterio de San Lorenzo del Escorial, Madrid.)

Un instante solo mío

soledad

Los primeros monjes vivieron en Egipto en el siglo IV. Eran cristianos que se marchaban a lugares despoblados para vivir lejos de una Iglesia que, en aquél momento, se estaba fundiendo con el Imperio Romano. Por eso la palabra “monje”, que viene del griego “monachós”, quiere decir “solitario”.

Más tarde, hacia el siglo XIII, cuando de nuevo se terminaba una época, algunos volvieron a buscar nuevos desiertos: proliferaron los eremitas y los llamados penitentes por toda Europa, entre ellos San Francisco. Eran personas, muchos de ellos laicos, que renunciaban a su pasado buscando nuevos valores lejos de los bienes materiales de la vida.

Para estar bien en el mundo, ¿cómo hay que estar solo?

«Voy a bordar de tibias lentejuelas
este instante que es mío,
a tapizar de fresas y esperanzas
su borde inmaculado.
Mientras mañana, o todos los momentos
que velan tras el muro de las horas
permanezcan ocultos,
voy a tomar alegre de la mano
el sol que ya comienza a besar mi butaca,
el vaivén de las hojas
que sobrepasan libres los últimos balcones,
el perro que dormita confiado.
Voy a beber la copa del silencio
que siembra paz y amor en el ambiente
para elevar un brindis de ternura
por el dulce recuerdo
de todos mis amigos.
Ahora, cuando el pájaro del sueño
revolotea lejos de mis cuatro paredes,
voy a gustar el vino sorbo a sorbo
de este instante de luz que me acompaña.»
Teresa Berenguer. Brindis por un instante

(Imagen: Christine de Pisan. L´Epître d´Othéa à Hector. 1460. Fondation Bodmer. Colonia. Alemania)

Cuaresma: sin oscuridad no hay crecimiento

otra cuaresmaEn silencio, con frío, poca luz y putrefacción, así trabaja el oscuro y largo invierno….. Así se prepara el sustrato que dará vida a los colores: en la fermentación que luego se convierte en levadura o en medicina para curarnos, en la hojarasca y los desechos que se descomponen bajo la nieve, en los excrementos acumulados en el establo…

Hay veces que el mundo parece feo, lleno de podredumbre, irritante e histérico. Todo mancha, todo hiere. No podemos escapar de lo sucio porque está aquí, es nuestro, somos nosotros mismos quienes lo producimos.

A veces las cosas salen mal, a veces perdemos algo para siempre. Pero sin adversidad, no podríamos conocer el verdadero significado de nuestros logros, ni aprender más de nosotros mismos. Sin descubrir nuestros defectos nunca aprenderíamos a perdonar los de los otros.

Al final del invierno llega la cuaresma. Aún con días más despejados y largos, la tierra no ha dado aún ningún fruto. Pero como el abono para las plantas, nuestras “manchas” alimentan nuestra energía. Hay hambre. Es la espera.

Quiero llenarme de los frutos del invierno.
Aprender a cultivar flores en lo que huele, repele y mancha.

(Imagen; Joan Amades. Representaciones de la cuaresma. Costumari Catalá. 1952. Ed. Salvat. Barcelona)