La mirada de la luz

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Cuando Stendhal entró en la Iglesia de la Santa Croce de Florencia se encontró de pronto con las pinturas y los murales de Giotto, Brunelleschi y Donatello. Tampoco se esperaba encontrar allí los restos de Miguel Ángel, Maquiavelo y Galileo. Paseando por la nave, afloraron de su interior emociones provocadas por sus propios pensamientos. Pero sufrió un estremecimiento aún mayor al sentir, de golpe, en aquel lugar y momento, todo el conocimiento del pasado de la humanidad.

Todas esas emociones dejaron en él, y para siempre, una impresión profunda, al principio de desasosiego y desequilibrio, pero luego, al comprender lo que le había pasado, de grandiosa plenitud.

El que ha emprendido el camino ya no puede quedarse parado. Jesús decía: “El que busca no debe dejar de buscar hasta tanto que encuentre. Y cuando encuentre se estremecerá, y tras su estremecimiento se llenará de admiración y reinará sobre el universo”. Eric Fromm nos advierte que “por lo general, hay mucha angustia antes de que se produzca esta experiencia, mientras que después se produce un nuevo sentimiento de fuerza y certidumbre”. Queremos saber qué esperar, y sin embargo hay que dejar que aparezca como quiera. En lugar de perseguir la luz, simplemente dejemos que, espontánea y naturalmente, llegue, como un instante de lucidez y de descubrimiento.

El mundo y uno mismo aparecen entonces con una luz distinta, todo es diferente. Entendemos. Sentimos. Somos.

“Por amplias que sean sus alas, la luz auroral que sigue al alba es como un boquete, un lugar que tiende a absorber y ofrecer al par la inminencia de que algo inconcebible aparezca.(…) ¿Pensamiento? Mira tan sólo. Es una mirada, ya que la mirada de todo aquello que se manifiesta visiblemente es lo único que no tiene extensión y, aún más, la borra.
Llega la mirada anulando la distancia, quien la recibe queda traspasado, raptado o fijado; fijado, si es la mirada de la luz. Y cuando la luz nos fija es que nos mira, y, al mirarnos, ¿se sabría decir lo que sucede? Y, por no saberlo decir, se borra: no crea memoria.
Y así, de esta mirada de la luz, nace, podría nacer, ha nacido una y otra vez un pensamiento sin memoria. Un pensamiento liberado del esfuerzo de la pasión de tener que engendrar memoria y, en su virtud, liberado también de toda representación y de todo representar.”
María Zambrano “Lo celeste”, en De la Aurora, Madrid,Ed. Mondadori, 1989, p.43

(Imagen: Francisco de Goya. Pinturas negras. 1820, Museo del Prado. Madrid)

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El ayuno blanco o el perdón

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La persona que no perdona no tiene paz. Lleva una lista de agravios y va añadiendo cada día nuevas ofensas. A veces esa lista empieza muy pronto, desde niño, con nuestros primeros recuerdos. Con el tiempo, la lista va creciendo con nombres nuevos, muchos más y en todos los ámbitos, en el colegio, en el trabajo, … pero tampoco borramos lo que primero marcamos. Los agravios se van sumando, se van multiplicando y, al final, se van todos pareciendo.

La persona que no perdona lleva gafas de ver que todo lo distorsionan. El mundo es feo. No cree que pueda cambiar nada ni nadie. Cree saberlo todo y por tanto, no pregunta ni escucha. Juzga. Condena. Encuentra una explicación a todo.

La persona que no perdona contempla el mundo con los ojos irritados, sufre y tiene miedo, pero no llora. Mira ese mundo hostil y no sabe del dolor que lleva dentro. Duele la duda, duele descubrir errores, duele saber que no hay nadie perfecto.

“El que perdona la ofensa cultiva el amor;
el que insiste en la ofensa divide a los amigos”. Efesios 17:9

(Imagen: códice de Rabí Moshé Arragel nacido en Guadalajara, siglo XIV. Biblia de Alba. Fundación Casa de Alba)

La lengua ignota o por qué a veces cuesta encontrar palabras

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En el siglo XII, Hildegarda de Bingen escribió al Papa Anastasio explicándole que Dios le había entregado la Ignota Lingua. Explicaba que era una lengua única, que, al hablarla, hace que todo lo oscuro se ilumine y, al cantarla, solo transmite paz y armonía. De la Ignota Lingua no conocemos la gramática, ni los verbos, ni siquiera cómo se pronunciaba. Solo sabemos que era una lengua clara y limpia. Ella la utilizó en una partitura y eso es lo que nos ha quedado

Nuestras lenguas admiten tergiversaciones, dobles sentidos y engaños. Nos ocultamos detrás de palabras. Hay palabras que retumban mucho, resuenan durante un tiempo en nuestra cabeza: aquellas que nos dijeron para mentirnos, cuando nos engañaron o cuando nos despidieron. En ocasiones nos cuesta encontrar palabras: cuando se tiene miedo, cuando se va a dejar a alguien, cuando no nos sabemos la lección, cuando nos morimos de vergüenza,…. Y a veces, al intentar hablar, se nos saltan las lágrimas.
Pero las palabras nos permiten también imaginar el mundo, contar historias y transmitir secretos, recetas y fórmulas. Los poetas llevan la emoción a las palabras…..
Hablamos porque es con palabras cómo se rompen los hielos, se abren puertas, se da y se recibe perdón y consuelo.

“Quisiera que tú me entendieras a mí sin palabras.
Sin palabras hablarte, lo mismo que se habla mi gente.
(..)
Si ahora yo te dijera que había que andar por ciudades perdidas
y llorar en sus calles oscuras sintiéndose débil,
y cantar bajo un árbol de estío tus sueños oscuros,
y sentirte hecho de aire y de nube y de hierba muy verde…
Si ahora yo te dijera
que es tu vida esa roca en que rompe la ola,
la flor misma que vibra y se llena de azul bajo el claro nordeste,
aquel hombre que va por el campo nocturno llevando una antorcha,
aquel niño que azota la mar con su mano inocente…
Si yo te dijera estas cosas, amigo,
¿qué fuego pondría en mi boca, qué hierro candente,
qué olores, colores, sabores, contactos, sonidos?
Y ¿cómo saber si me entiendes?
¿Cómo entrar en tu alma rompiendo sus hielos?
¿Cómo hacerte sentir para siempre vencida la muerte?
¿Cómo ahondar en tu invierno, llevar a tu noche la luna,
poner en tu oscura tristeza la lumbre celeste?
Sin palabras, amigo; tenía que ser sin palabras como tú me entendieses.”
José Hierro Alegría, Respuesta

Imagen: Alfabeto de la lengua Ignota. (Riesencodex) Hildegarda de Binden. 1098- 1179

Perfiles maquillados

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Cada vez hay más gente que graba vídeos y los difunde por internet. Salimos a la ventana del mundo, esperando tener seguidores y muchos “me gusta”. Nos ponemos en escena, actuamos como queremos que nos vean. Esta identidad surge y se nutre de lo que compartimos con los otros internautas, esa sociedad global, donde nos une y separa, la moda, los gustos o las explicaciones del mundo. Y en este mundo globalizado queremos destacar como individuos, tener opinión propia, o una forma especial de contar las cosas.
Pero ese pequeño vídeo que hemos grabado, aunque pensemos que está hecho para que nos vean los otros, es en realidad un estupendo ejercicio de introspección. Somos nosotros, en “puro ego”, la parte de uno mismo que nos gusta, nuestra forma distorsionada de afirmarnos y presentarnos. Podemos reproducirnos cuanto queramos y volvernos a mirar y, por qué no, preguntarnos: ¿Qué imágenes, posturas y gestos hemos desechado?, ¿qué aspectos de uno mismo hemos ocultado?

“Debiéramos tal vez
reescribir despacio nuestras vidas,
hacer en ellas cambios de latitud y fechas,
borrar de nuestros rostros en el álbum materno
toda noticia de nosotros mismos.
Debiéramos dejar falsos testigos,
perfiles maquillados,
huellas rotas,
irredentas partidas bautismales.
O por toda memoria,
una ventana abierta,
un bastidor vacío, un fondo
irremediablemente blanco para el juego infinito
del proyector de sombras.
Nada.
De ser posible, nada.”
Jose Angel Valente. Interior con figuras. Criptomemorias

(Imagen : Boccaccio: Fondation des femmes nobles. 1361. Bibliothèque Nationale de France. Paris)

Cuando llega el final, … irremediable

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Leonardo da Vinci dibujó diluvios. Las montañas caen desde la base, las ciudades se sumergen,… todas las cosas parecen minúsculas ante la fuerza del agua. Los diluvios de da Vinci son de agua pero también podrían ser nubes. No son angustiosos. No hay sufrimiento en ellos tan solo agua que llega con fuerza y todo lo anega, irremediablemente. Nadie perece. Simplemente vórtices y espuma recubren las cosas. Todo se empequeñece ante la magnitud de las olas.

Nada puede parar el diluvio que se lleva una relación. No existen milagros porque lo inesperado es la propia ola, la nube que todo lo arrastra. Todo lo demás desaparece. Ya no vemos nada. El dolor nos ahoga. Sentimos que el corazón, donde el amor respira, no tiene aire .… Sabemos que es el final, e impotentes, no podemos hacer nada. La vida que hemos vivido juntos pasa delante como una película. No solo el pasado, sino también el futuro que habíamos deseado. ¿No duele acaso más ese futuro que ya no será que el tiempo pasado?. Porque lo que vivimos queda para siempre, pero, desde ahora, el futuro es distinto a lo que habíamos imaginado, es una incógnita, es un vacío.

Bajo la fuerza del adiós, nadie sabe nadar. No valen argumentos. No sirven recuerdos compartidos o promesas. Las palabras que salen no son las que habíamos ensayado: es la fuerza del diluvio que sale descontrolada. Por eso se mezcla todo: amor, dolor, resentimiento, rabia, soledad,… por eso los gritos, las caricias, por eso las lágrimas. No podemos hacer nada…. tan solo despedirnos.

Nos despertamos caídos, derribados, solo sabemos que, de nuevo, estamos solos y asustados… pero vivos.

“La soledad, en que hemos abierto los ojos.
La soledad en que una mañana nos hemos despertado, caídos,
derribados de alguna parte, casi no pudiendo reconocernos.
Como un cuerpo que ha rodado por un terraplén
y, revuelto con la tierra súbita, se levanta y casi no puede reconocerse.
Y se mira y se sacude y ve alzarse la nube de polvo que él no
es, y ve aparecer sus miembros,
y se palpa: Aquí yo, aquí mi brazo, y este mi cuerpo, y
esta mi pierna, e intacta está mi cabeza;
y todavía mareado mira arriba y ve por dónde ha rodado,
y ahora el montón de tierra que le cubriera está a sus pies y él emerge,
no sé si dolorido, no sé si brillando, y alza los ojos y el cielo destella
con un pesaroso resplandor, y en el borde se sienta
y casi siente deseos de llorar. Y nada le duele,
pero le duele todo. Y arriba mira el camino,
y aquí la hondonada, aquí donde sentado se absorbe
y pone la cabeza en las manos; donde nadie le ve, pero un cielo
azul apagado parece lejanamente contemplarle.
Aquí, en el borde del vivir, después de haber rodado toda la
vida como un instante, me miro.”
Vicente Aleixandre, Mirada final

(Imagen: Diluvios, Leonardo da Vinci, 1513. Royal Library, Castillo de Windsor. UK)

Tomé la vida por un vaso

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En una novela de Haruki Murakami , un ama de casa, con una vida absolutamente monótona pero segura, de pronto pierde el sueño y deja de dormir durante diecisiete días. Se pasa las noches bebiendo coñac, comiendo chocolate y devorando, fascinada, las novelas de Tolstoi y Dostoievski.
¿Cómo vivir en una sociedad que sin cesar excita los sentidos con promesas de placer? La sociedad de consumo ofrece satisfacciones pero al mismo tiempo nos frustra porque está asociada a lo efímero. Sabemos que por mucho que bebamos de sus ofrendas nunca estaremos saciados. Nos llenan, nos embriagan, pero luego desaparecen. El sistema actual necesita de la insatisfacción y de la obsolescencia y por tanto que sigamos siempre deseando.
Sin embargo, el principio del placer, del que tanto escribió Freud, es también búsqueda de felicidad, y por tanto elemento esencial para movilizar la energía de vida. Nos gusta perdernos en una novela, escuchar una melodía o volar con un beso; nos llena de vida, de fuerza. Todas estas sensaciones nos ayudan a vivir,….pero no deberían ser las que nos llenen porque, como la rosa más bella, poco duran.

“Alguien trajo una rosa
hace ya algunos días, y con ella
trajo también algo de luz,
yo la puse en un vaso y poco a poco
se ha apagado la luz y se apagó la rosa.
(…)
Y he buscado en la sombra de esta tarde
esa luz de aquel día, y en el polvo
que es ahora la flor, su antiguo aroma,
y en la sombra y el polvo ya no estaba
la sombra de la mano que la trajo.
Y ahora veo que la dicha, y que la luz,
y todas esas cosas que quisiéramos
conservar en el vaso,
son igual que las rosas: han sabido los días
traerme algunas, pero
¿qué quedó de esas rosas en mi vida
o en el fondo del vaso?”
Vicente Gallego- Variación sobre una metáfora barroca. Los ojos del extraño

(Imagen: Li Livres dou Santé. Aldobrandino de Siena. siglo XIII. British Library. U.K.)

El reflejo del tigre

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Rubens no pintó a David como lo hicieron Miguel Angel o Caravaggio. Para éstos, David es un joven pequeño e indefenso frente a Goliat. Rubens también lo imaginó bello y fuerte, pero quiso que su mirada de odio fuera el centro de su cuadro. David es ira contenida. Sus ojos hieren antes de que su espada se abata sobre el cuerpo derrotado de Goliat. Bajo la mirada de David, el gigante no parece monstruo, ni siquiera un gigante. Parece tan solo un hombre mayor. David sacó su rabia y por eso su fuerza es desmedida.

La ira nos muestra todo aquello nuestro que no soportamos y que nos produce agresividad. Nos pone delante de nuestra sombra. Para conocerse a sí mismo no hay cómo mirarse a los demás y reflexionar….. porque sin los demás no somos enteramente nosotros mismos.

Lo malo es que, al calor del enfado, las neuronas no funcionan…. la ira nos ciega.

“Matamos lo que amamos. Lo demás
no ha estado vivo nunca.
Ninguno está tan cerca. A ningún otro hiere
un olvido, una ausencia, a veces menos.
Matamos lo que amamos. ¡Que cese esta asfixia
de respirar con un pulmón ajeno!
El aire no es bastante
para los dos. Y no basta la tierra
para los cuerpos juntos
y la ración de la esperanza es poca
y el dolor no se puede compartir.
El hombre es ánima de soledades,
ciervo con una flecha en el ijar
que huye y se desangra.
Ah, pero el odio, su fijeza insomne
de pupilas de vidrio; su actitud
que es a la vez reposo y amenaza.
El ciervo va a beber y en el agua aparece
el reflejo del tigre.
El ciervo bebe el agua y la imagen. Se vuelve
-antes que lo devoren- (cómplice, fascinado)
igual a su enemigo.
Damos la vida sólo a lo que odiamos.”

Rosario Castellanos, Destino

( Imagen: David y Goliath. Rubens, 1577-1640. The Norton Simon Foundation. EE.UU.)