Lo que esconden las nanas

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Las nanas son las primeras canciones del mundo anónimo de las mujeres. Para que el niño duerma lo acunamos en los brazos y cantamos suavemente. El ritmo es el del corazón y la voz susurra para envolver al niño de sueños tranquilos. Sin embargo hay veces que las nanas tienen letras terribles. Son las dudas y reflexiones de las madres. Son las primeras amenazas: todo lo que puede ocurrir si no te abandonas al sueño, si no dejas que las cosas sean.

“Nana, niño, nana
del caballo grande
que no quiso el agua.
El agua era negra
dentro de las ramas.
Cuando llega el puente
se detiene y canta.
¿Quién dirá, mi niño,
lo que tiene el agua
con su larga cola
por su verde sala?
Duérmete, clavel,
que el caballo no quiere beber.
Duérmete, rosal,
que el caballo se pone a llorar.
Las patas heridas,
las crines heladas,
dentro de los ojos
un puñal de plata.
Bajaban al río.
¡Ay, cómo bajaban!
La sangre corría
más fuerte que el agua.
Duérmete, clavel,
que el caballo no quiere beber.”
Federico García Lorca. Nana del caballo grande

(Imagen : Codex Chantilly. Rondó « Belle, Bonne, Sage ». 1340-1400. Musée Condé Chantilly. Francia)

Soul, trémula emoción

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Cuando el canto hace brotar una emoción muy profunda utilizamos palabras del mundo mágico: duende, alma (soul)…

El sonido es una puerta al llamado éxtasis que surge cuando llega el silencio. No es un abandono de la realidad, sino un internarse y adentrarse en ella, gustando de la realidad más recóndita de las cosas.

Cuando la última nota se ha ido queda una «ignorancia infinita” y a la vez la pureza absoluta del entendimiento, que se convierte en luz.

“¡Ay, Harlem! ¡Ay, Harlem! ¡Ay, Harlem!
¡No hay angustia comparable a tus ojos oprimidos,
a tu sangre estremecida dentro del eclipse oscuro,
a tu violencia granate sordomuda en la penumbra,
a tu gran rey prisionero con un traje de conserje!”
Federico García Lorca. Poeta en Nueva York

(Imagen: Muse with Violin Screen (detail), 1930. Paul Fehér. Museum of Cleveland, 1904),

A veces nada se mueve

“¿Es una nube que se eleva, o un humo de ámbar? ¿Es lluvia que cae, o agua de rosas?
¿Es un jardín que se ofrece a mi vista, o el Paraíso Eterno?
¿Son ramas tiernas, o talles ceñidos por el cinturón de las flores?
¿Es el ruiseñor el que canta, o una muchacha que teme el desvío?
Tú recuerdas al alma todo aquello que la emociona, pues muchas veces las cosas triviales nos conducen a las serias…”
Ahmad ibn Játima Al-Ansari (España. Al-Andalus, 1324-1369). “Dijo, improvisando, sobre un día maravilloso de primavera”

 

El cielo de la memoria

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En la divina comedia de Dante, antes de llegar al Paraíso, las almas deben cruzar los dos ríos que fluyen en el Edén y que manan desde lo alto de la montaña del purgatorio. Las aguas del Leteo hacen olvidar los males cometidos, y las del Eunoe ayudan a recordar los bienes realizados.

Las palabras, como tampoco las personas ni los hechos pasados, no desaparecen del cerebro. No almacenamos recuerdos. No tenemos cajitas para ir guardando. En realidad, nuestro cerebro es casi infinito porque no llenamos células con información sino que las interrelacionamos.

Antes de entrar en el Paraíso el alma bebe de los dos ríos.

Al final, descubrimos que todo estaba interconectado.

Le temps efface tout comme effacent les vagues
Les travaux des enfants sur le sable aplani
Nous oublierons ces mots si précis et si vagues
Derrière qui chacun nous sentions l’infini.
Le temps efface tout il n’éteint pas les yeux
Qu’ils soient d’opale ou d’étoile ou d’eau claire
Beaux comme dans le ciel ou chez un lapidaire
Ils brûleront pour nous d’un feu triste ou joyeux.
(…)
L’oubli comme une brume efface les visages
Les gestes adorés au divin autrefois,
Par qui nous fûmes fous, par qui nous fûmes sages
Charmes d’égarement et symboles de foi.
Arthur Rimbaud « Je contemple souvent le ciel de ma mémoire » (fragmento)

(Imagen: Patinir. Paso de la laguna Estigia, 1519-1524. Museo del Prado, Madrid.)

Con un nudo en la garganta

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Hubo un tiempo, en el que los héroes y guerreros vertían con frecuencia abundantes lágrimas. Lloraban sin reparo alguno y se lamentaban a grandes gritos después de las batallas. También en la Edad Media se imploraba el “don de lágrimas” en los conventos .

Se decía que eran una de las más puras afecciones del alma. San Pedro Damián exhortaba a los monjes a “buscar el refugio del espíritu con todas sus fuerzas, y aspirar a las lágrimas, … pedid por que se os concedan lágrimas….”.

Pero perdimos la capacidad de llorar y nos quedamos mudos durante siglos, luchando por retener la emoción, …..  simplemente, con un nudo en la garganta.

“Tú no las puedes ver;
yo, sí.
Claras, redondas, tibias.
Despacio
se van a su destino;
despacio, por marcharse
más tarde de tu carne.
Se van a nada; son
eso no más, su curso.
y una huella, a lo largo,
que se borra en seguida.
¿Astros?

no las puedes besar.
Las beso yo por ti.
Saben; tienen sabor
a los zumos del mundo.
¡Qué gusto negro y denso
a tierra, a sol, a mar!
Se quedan un momento
en el beso, indecisas
entre tu carne fría
y mis labios; por fin
las arranco. Y no sé
si es que eran para mí.
Porque yo no sé nada.
¿Son estrellas, son signos,
son condenas o auroras?
Ni en mirar ni en besar
aprendí lo que eran.
Lo que quieren se queda
allá atrás, todo incógnito.
Y su nombre también.
(Si las llamara lágrimas,
nadie me entendería.)”
Pedro Salinas

(Imagen : Pablo Picasso, La femme qui pleure, 1937, Riehen/Basel, Fondation Beyeler, Alemania)

El no saber

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En el siglo XIV tuvo amplia difusión por Europa un libro titulado “La Nube del No Saber” escrito por un místico (o mística) inglés sin nombre. Su idea era que es necesario aprender a vivir en la nada. Dice que en nosotros hay dos personas: el hombre exterior, ese que llamamos el ego, que está sujeto a los caprichos y evasiones de la mente y del cuerpo, y el hombre interior, el verdadero ser.

“Permanece ciego durante este tiempo desechando todo deseo de conocer, ya que el conocimiento es aquí un obstáculo. Conténtate con sentir cómo despierta suavemente lo hondo de tu espíritu”. …

Adéntrate más allá de las nubes: encontraras estrellas.

(Imagen: Paysage. Joan Miró. 1976. Museo Reina Sofia. Madrid)

Respirar: el intercambio entre el ser y los espacios

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Nicodemo el Hagiorita, monje del Monte Athos, decía que gracias a la respiración “los elementos húmedos del corazón, se vuelven más tiernos, más sensibles. Con la respiración el cerebro también se utiliza y, al mismo tiempo, el acto del espíritu se hace uniforme, transparente y más apto para la unión que procura la iluminación sobrenatural de Dios” . Así indicaba a los monjes que debían encontrar todos los días una hora, de preferencia hacia la tarde y en un lugar tranquilo y oscuro, para respirar conscientemente.

Respirar es la única función del sistema neurovegetativo que el hombre puede controlar. Está directamente relacionada con nuestro cuerpo pero también con nuestras emociones. Científicos de Harvard han demostrado que cuando la persona consigue reducir su cacofonía interior y llegar al silencio, las migrañas pueden reducirse un 80%. La respiración tiene la capacidad de serenar nuestro estado mental. Afirman que solo con respirar conscientemente se segregan hormonas como la serotonina y la endorfina y mejoramos la sintonía de ritmos cerebrales entre los dos hemisferios.

Hace ya más de 5.000 años, griegos, hindúes y muchas otras civilizaciones consideran la respiración como la energía del alma. Hace ya por tanto mucho que se descubrió la “sabiduría del soplo, la sabiduría del éter”. Aquí en occidente, simplemente lo habíamos olvidado, quizás tan solo los monjes del Monte Athos no lo hicieron y siguieron respirando a solas por las tardes.

“Respiración oh tú, invisible poema,
puro, incesante intercambio
de nuestro ser y los espacios. Contrapeso
en el que rítmicamente me cumplo.
Ola única
de la que soy el mar creciente
el más estricto de los posibles mares
y apresador de espacio.
¿Cuántos de esos lugares espaciales
antes dentro estuvieron? Oh, más de un viento
es como mi propio hijo.
¿Me reconoces, aire, lleno de la que ya fue en mí
tú, en otro tiempo tersa corteza,
comba y filo de mis palabras?”
Rainer Maria Rilke

(Imagen: Rothschild Canticles, Siglos XIII/XIV. Universidad de Yale, Beinecke Rare Books & Manuscript Library. EE.UU.)