La arrogancia de los que vienen a liberarnos

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El libro Eclesiastés de la Biblia comienza diciendo que en el mundo todo es vanidad.
Vanidad es una palabra que viene de vano, que significa hueco, vacío, inútil, …. Es querer ser engrandecido pero también creerse más sabio, más puro, justo o santo que otros.

Se nos dice que para ser importante hay que sobresalir, ser “mas”, ser diferente y superior a los otros. Pero en realidad todos buscamos lo mismo: evitar el sufrimiento y que nos quieran.

¿Por qué entonces unos estarían por encima de otros? ¿Por qué mi pueblo, mi huerto, mi color, mi bandera, mi sangre, ….. serían mejor que los de los otros?

“Líbranos, Señor
de la arrogancia de aquellos
que siempre tienen que liberar
a alguien.
Líbranos de su
anómala esclavitud.
Libéranos, Dómine
de los libertadores.
Desleales consigo
y con los liberados,
odian a los conquistadores
y los substituyen.
Oh, Señor,
que cada uno encuentre
el necesario impulso
a toda liberación.
Que cada uno pueda liberarse
(solo o en compañía)
libremente..”
Lucio Zinna. Preghiera per i liberatori

(Imagen: detalle de El Jardín de las delicias, El Bosco. Museo del Prado)

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Sin espinas ni llagas

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Muchas civilizaciones del mundo han incluido sacrificios en sus ritos. Con ellos se buscaba el favor de los dioses o el apaciguamiento de su ira. El sacrificio es un fenómeno que Marcel Mauss denomina “el intercambio de dones”, dar esperando algo a cambio. Los rituales de sacrificio, reglamentados en sus más mínimos detalles, otorgaron además a sacerdotes o brahmanes un poder sobre los dioses.

Cuando Jesús muere acaba con los sacrificios que hacían los judíos, acaba con el Dios otorgador. Muere simplemente, recitando los salmos de la Biblia que tan bien conocía. No pide nada. Ama.

Hasta que, no se sabe bien cuándo ni porqué, se le convierte en “victima”. La cruz se convierte en el símbolo de su sacrificio. Entonces vuelve a aparecer el Dios de la antigua Biblia, el que vigila, otorga y amenaza. El que solo perdona con la intermediación de los sumo sacerdotes.

“Nadie nos moldeará otra vez con tierra y con arcilla,
nadie soplará palabra a nuestro polvo.
Nadie.
Alabado seas tú, Nadie.
Por amor a ti queremos
florecer.
En contra
de ti.
Una nada
fuimos, somos, seremos
siempre, floreciendo:
rosa
de nada, de nadie.
Con
el buril diáfano de alma,
el estambre desolado de cielo,
la roja corona
de la palabra púrpura que cantamos
sobre, oh sobre
la espina.”
Paul Celan, Salmo

(Imagen: Rabano Mauro: De laudibus Sanctae Crucis. 840. Biblioteca Apostólica Vaticana. Roma)

 

Hijos de supervivientes

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Los procesos de la inquisición en Europa obedecen a la represión de corrientes o controversias teológicas. Así ahorcaron y quemaron a personas como Margarita Porete, Miguel Servet o Giordano Bruno porque atacaban la doctrina y tenían una forma distinta de entender la religión cristiana.

Pero la Inquisición en España tuvo un carácter único. Aquí no se condenaba a la persona por sus ideas o sus escritos. Se perseguía a las personas por toda una estirpe, (labor difícil porque España era desde hace muchos siglos fruto de la convivencia de pueblos distintos y de las tres grandes creencias). La inquisición quería “limpiar la sangre” después de siglos de mezclas. Somos hijos de los supervivientes: los descendientes de los que callaron, disimularon, delataron, sobornaron o condenaron.

“Quisiera tener varias sonrisas de recambio
y un vasto repertorio de modos de expresarme.
O bien con la palabra, o bien con la manera,
buscar el hábil gesto que pudiera escudarme…
Y al igual que en el gesto buscar en la mentira
diferentes disfraces, bien vestir el engaño;
y poder, sin conciencia, ir haciendo a las gentes,
con sutil maniobra, la caricia del daño.
Yo quisiera ¡y no puedo! ser como son los otros,
los que pueblan el mundo y se llaman humanos:
siempre el beso en el labio, ocultando los hechos
y al final… el lavarse tan tranquilos las manos.”
Concha Mendez

(Imagen: Fortalitum Fidei. Judíos marcados y encadenados. 1464. Archivo de la Catedral del Burgo de Osma. Soria)

SEXTA. La hora de almorzar: no soy yo sin los otros

camara 008En la hora sexta comemos. En los conventos hay costumbre de guardar silencio pero también de estar todos juntos, de escuchar en comunidad alguna lectura. Nosotros, a mediodía, quedamos con la familia, los amigos o los compañeros (del latín cum panis, “aquél con el que comparto el pan”). No hay celebración que no tenga una comida en común. No hay cultura o religión que no se haya preocupado por comidas y alimentos: manzanas o carnes, ayunos y panes.

Comer, para los seres humanos no es solo alimentarse. Es un acto de interacción social que refuerza el sentimiento de pertenencia a un grupo.

Por eso comer solo nos incomoda. San Antonio Abad indicó que en el convento el hermano culpable de una falta grave debía ser excluido de la mesa y tomar a solas su alimento: “Nadie lo bendiga al pasar, ni se bendiga el alimento que se le da». Comer solo es despojar a la comida de su aspecto humano, y dejarlo simplemente en algo biológico. Por eso, el que come solo muchas veces se busca una “lectura” de otro ser humano. En España por ejemplo en muchos restaurantes está puesta la televisión a la hora de la comida.

La hora sexta es el momento para reflexionar sobre las relaciones con los demás, los grupos a los que pertenezco, la sociedad.

En modo masa

View of Olympic Stadium and Spectators

En un instituto de Palo Alto, California, un carismático profesor puso en marcha un experimento para explicar el nazismo a sus alumnos y cómo los ciudadanos alemanes permitieron que el partido nazi exterminara a millones de judíos y otros llamados “indeseables”. Durante cinco días intentó recrear el ambiente que habían vivido jóvenes como ellos en la Alemania de principios de los años treinta. No les soltó ningún discurso pero les explicó que la clase iría mejor si funcionaban como grupo: la fuerza les vendría de la disciplina y la unión. Utilizó acción y símbolos: prácticas, ejercicios y saludos.

El movimiento, que denominó “la tercera ola” fue generando un poderoso sentimiento de pertenencia. El grupo se fue cerrando y haciéndose más agresivo; creció el rechazo y el enfrentamiento con los que se quedaban fuera y no querían participar.
Mientras, el profesor iba experimentando, él también, una creciente y gratificante sensación del poder.

“(..) En esa cerradura de los miedos
de pronto hay una llave que no entra.
Me convenzo, me afirmo con vosotros.
Pero duele también la mala suerte
de nunca estar ahí,
de no llegar a tiempo para verlo.
Resisto como un niño sin familia
esperando en la casa del extraño
que me dejen volar una cometa.”
Luis García Montero. La Cometa. A puerta Cerrada

La metáfora del vampiro

vampiroA mediados del siglo XVIII, el monje benedictino Augustin Calmet, publicó por primera vez un tratado sobre vampiros. Conforme iba avanzando el racionalismo en Europa, más se multiplicaban los escritos sobre vampiros como fenómeno antropológico. Hasta que, en plena revolución industrial, apareció Drácula, … el primer personaje de ficción que, sin ser un dios, nunca muere.

Los vampiros tienen grandes poderes: pueden hacer que cambie el tiempo, se mantienen siempre jóvenes, logran obediencia de animales y humanos tan solo con su mente y pueden convertirse en niebla. Los vampiros seducen. Son atractivos, interesantes y muy atentos. No hay quien se resista, sin batalla, a un vampiro.

Sin embargo, me surgen preguntas sobre los vampiros que me parecen metáforas……

¿Por qué no se reflejan en los espejos?

¿Por qué no tienen sombra?

¿Por qué se debilitan tanto con la luz?

(Imagen: The Black Hours. 1475. Pierpont Morgan Library. NY)

 

La traición y el corazón congelado

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En la Divina Comedia de Dante, en el noveno infierno, cerca ya del centro de la Tierra, curiosamente, no hay fuego sino un inmenso lago de hielo. Es un lugar extraño y gélido con muchos silencios.

En el último círculo están los traidores: y lo son porque tenían el corazón frío. No lloran porque el entumecimiento no les deja, andan boca abajo, amoratados. En sus rostros no hay expresión: la perdieron cuando dejaron de tener sentimientos. No se sabe exactamente bien a quien traicionaron, a sus hijos, a sus hermanos, a sus reyes,…… o a sí mismos.

Es el último de los infiernos, el más profundo.

“Dicen que soy un ángel
y, peldaño a peldaño,
para alcanzar la luz
tengo que usar las piernas.
Cansado de subir, a veces ruedo
(tal vez serán los pliegues de mi túnica),
pero un ángel rodando no es un ángel
si no tiene el honor de llegar al abismo.
Y lo que yo encontré en mi mayor caída
era blando, brillante;
recuerdo su perfume,
su malsano deleite.
Desperté y ahora quiero
encontrar la escalera,
para subir sin alas
poco a poco a mi muerte.”
Manuel Altolaguirre. Para alcanzar la luz

(Imagen: Ilustración para la divina comedia. Dante. Bri1477-1482 Roma. Biblioteca Apostólica Vaticana)