La traición y el corazón congelado

dante

En la Divina Comedia de Dante, en el noveno infierno, cerca ya del centro de la Tierra, curiosamente, no hay fuego sino un inmenso lago de hielo. Es un lugar extraño y gélido con muchos silencios.

En el último círculo están los traidores: y lo son porque tenían el corazón frío. No lloran porque el entumecimiento no les deja, andan boca abajo, amoratados. En sus rostros no hay expresión: la perdieron cuando dejaron de tener sentimientos. No se sabe exactamente bien a quien traicionaron, a sus hijos, a sus hermanos, a sus reyes,…… o a sí mismos.

Es el último de los infiernos, el más profundo.

“Dicen que soy un ángel
y, peldaño a peldaño,
para alcanzar la luz
tengo que usar las piernas.
Cansado de subir, a veces ruedo
(tal vez serán los pliegues de mi túnica),
pero un ángel rodando no es un ángel
si no tiene el honor de llegar al abismo.
Y lo que yo encontré en mi mayor caída
era blando, brillante;
recuerdo su perfume,
su malsano deleite.
Desperté y ahora quiero
encontrar la escalera,
para subir sin alas
poco a poco a mi muerte.”
Manuel Altolaguirre. Para alcanzar la luz

(Imagen: Ilustración para la divina comedia. Dante. Bri1477-1482 Roma. Biblioteca Apostólica Vaticana)

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Nos limpiamos entrelazándonos

escalante

Enlazados y desnudos buscamos juntos el calor en el frío invierno.
No calienta….. porque el fuego no está fuera.

El concepto de individuo aislado e independiente es una abstracción poco realista. Nada somos sin otros. Nos enlazamos para calentarnos. Nos reunimos a la salida del trabajo o nos conectamos a las redes sociales para lamernos las heridas mutuamente. Necesitamos mostrar nuestras cicatrices, curar las del amigo, dejarnos mecer un rato en otros brazos. Por mucho que el sistema ensalce al individuo es con otras personas con quienes mejor reímos, cantamos o bailamos.
Pero una comunidad puede ahogar la iniciativa del individuo. Podemos fundirnos y entrar en círculos donde, uniformados, dejamos de ser nosotros para ser solo grupo.

“iamo mortali mortalmente spaventati
tremiamo come volpi e cani
diventando la muta di noi stessi.
Basta un sogno sbagliato
e la luce rode dove non c’e’ riparo.
Sbandiamo tra gli oggetti sperando siano veri.
Stringiamo gli occhi provando a dormire in pieno giorno
dicendo: qui, e pensando là
offrendo sacrifici mentre spostiamo mobili
e tronchiamo con le forbici i gerani.
La sera allunghiamo i tavoli per gli ospiti
e dal legno cominciamo ad appassire.
Posiamo con cura i tovaglioli e dal lino si sollevano demoni.
Voltando la testa qui, pensiamo: là
come succede davvero a ogni inseguito.
Spalanchiamo finestre con la scusa del fumo. Il vento sa d’immondizia
ma è una tregua. Lo stesso vento nella bellezza è una rovina.
La saggezza ci confonde come cera.
Stentiamo a respirare.
Restiamo immobili
il sangue scatta tra la nuca e la schiena
torniamo serpi
ci puliamo intrecciandoci.”
Antonella Anedda

(Imagen: Manuscritos de San Miguel de Escalante. 945. Pierpont Morgan Library. N.Y. EE.UU.)

Espejos o cómo aprender de las discusiones

espejoHay veces que de pronto descubrimos que el otro no es el otro, que solamente tenemos delante nuestro propio reflejo.

Hay veces que descubrimos que, en el espejo, solo se refleja la sombra

Nada mejor que una discusión con alguien por quien sentimos un afecto grande para mirarse de frente. Esa discusión tan fuerte de una pareja que se ama, entre un padre y un hijo, entre dos hermanas…. es un instante violento. Es un espejo perfecto: todo lo que me dijiste y que se me quedó grabado, los agravios pasados y que llevo apuntados, todo lo que creo que estás pensando y sintiendo, todo lo que pienso que no has querido escuchar o reconocer, todo lo que pienso que deberías hacer…. todo eso, soy yo. La cuestión es si nuestro ego nos permite asomarnos al espejo.

“Todas las noches, antes de acostarse, Mercedes se ponía los bigudís delante del espejo del lavabo. Aunque estuviera muy cansada, nunca se acostaba sin ponerse los bigudís. Lo hacía casi sin mirar, partiendo el pelo en zonas que envolvía muy deprisa en cada hierrito, como si estuviera liando pitillos. Sobre el espejo estaba la bombilla encendida. Muchas noches, al terminar su tarea, Mercedes se encerraba con pestillo en aquel cuarto y se contemplaba el rostro atentamente, con los codos apoyados en el lavabo. Un rostro ancho, pasmado, de ojos enrojecidos que no expresaban ninguna cosa, un rostro que parecía recortado en cartón. Lo miraba como si lo viese cada noche por vez primera, y necesitaba concentrarse trabajosamente para sentir de verdad que le pertenecía. Durante mucho rato se miraban los ojos de fuera y los del espejo se buscaban hasta acercarse y fundirse. Y los de dentro, pronto tenían a flor el hilo del llanto. Al menor temblor de pestañas, la primera lágrima caía, dejando una huella seca y ardiente en la piel de la mejilla, un cauce tirante de sed que pedía más lágrimas. Era algo necesario y natural, como la lluvia. Lloraban largamente los ojos de Mercedes, sintiendo la compañía de aquellos otros del espejo, que por fin la habían reconocido.”
Carmen Martín Gaite

(Imagen: Libro de horas de Dionora de Urbino, Italia. 1480, British Library, U.K )

Sin amor vivía

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” Buscando el amigo a su Amado, encontró a un hombre que moría sin amor; y dijo: ” ¡Ah qué daño tan grande es que los hombres, de cualquiera suerte que mueran, mueran sin amor!”  Por esto dijo el amigo al moribundo: “Dime, hombre, ¿por qué mueres sin amor?”

Respondió: “Porque sin amor vivía.”

Raimon Llull, El libro del amigo y del Amado

(Imagen: Nuit de Valpurgis. P. Klee. Tate Modern. UK)

El reflejo del tigre

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Rubens no pintó a David como lo hicieron Miguel Angel o Caravaggio. Para éstos, David es un joven pequeño e indefenso frente a Goliat. Rubens también lo imaginó bello y fuerte, pero quiso que su mirada de odio fuera el centro de su cuadro. David es ira contenida. Sus ojos hieren antes de que su espada se abata sobre el cuerpo derrotado de Goliat. Bajo la mirada de David, el gigante no parece monstruo, ni siquiera un gigante. Parece tan solo un hombre mayor. David sacó su rabia y por eso su fuerza es desmedida.

La ira nos muestra todo aquello nuestro que no soportamos y que nos produce agresividad. Nos pone delante de nuestra sombra. Para conocerse a sí mismo no hay cómo mirarse a los demás y reflexionar….. porque sin los demás no somos enteramente nosotros mismos.

Lo malo es que, al calor del enfado, las neuronas no funcionan…. la ira nos ciega.

“Matamos lo que amamos. Lo demás
no ha estado vivo nunca.
Ninguno está tan cerca. A ningún otro hiere
un olvido, una ausencia, a veces menos.
Matamos lo que amamos. ¡Que cese esta asfixia
de respirar con un pulmón ajeno!
El aire no es bastante
para los dos. Y no basta la tierra
para los cuerpos juntos
y la ración de la esperanza es poca
y el dolor no se puede compartir.
El hombre es ánima de soledades,
ciervo con una flecha en el ijar
que huye y se desangra.
Ah, pero el odio, su fijeza insomne
de pupilas de vidrio; su actitud
que es a la vez reposo y amenaza.
El ciervo va a beber y en el agua aparece
el reflejo del tigre.
El ciervo bebe el agua y la imagen. Se vuelve
-antes que lo devoren- (cómplice, fascinado)
igual a su enemigo.
Damos la vida sólo a lo que odiamos.”

Rosario Castellanos, Destino

( Imagen: David y Goliath. Rubens, 1577-1640. The Norton Simon Foundation. EE.UU.)

El espíritu del hombre

angelico

En la antigüedad, la saliva era considerada una condensación del espíritu…. para curar o para herir.
Cuando prendieron a Jesús y le llevaron a la casa del sumo sacerdote Caifás, donde estaban reunidos los escribas y los ancianos, algunos le escupieron en el rostro.
Sin embargo él también había escupido. Una vez, tomó a un sordomudo aparte de la multitud, y, a solas, le metió los dedos en los oídos. Escupiendo, le tocó la boca con la saliva; suspiró profundamente y le dijo: ¡Ábrete!

“Creo en el hombre, esa basura
Creo en el hombre, esa inmundicia
Esa arena movediza, ese agua estancada.
Creo en el hombre, ese ser retorcido,
Esa vejiga de vanidad.
Creo en el hombre, ese adulador
Ese cascabel, esa pluma al viento,
Ese provocador, ese cotilla,
Creo en el hombre, ese vampiro.
Pese a todo lo que ha podido hacer
De mortal y de irreparable.
Creo en él
Por la firmeza de su mano,
Por su gusto de la libertad
Por el juego de su fantasía.
Por su vértigo ante una estrella.
Creo en él
Por la sal de su amistad,
Por el agua de sus ojos, por su risa,
Por su ímpetu y sus debilidades.
Creo en él por siempre
Por una mano tendida
Por una mirada entregada
Y sobre todo y por encima de todo
Por el saludo simple de un pastor”

Lucien Jacques, Creo en el Hombre

(Imagen: Fray Angélico. Escarnio de Cristo,  1441. (Detalle) Convento de San Marcos de Florencia. Italia)

Desnortados y hacia el sol

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Al ver llegar la tormenta estuvimos discutiendo si era mejor acercarse a la costa o permanecer en alta mar agitados por las olas. No nos pusimos de acuerdo y terminamos compartiendo sesudos y profundos pensamientos sobre la insignificancia del hombre en el océano.

Al final, cuando nos dió de lleno la tormenta no habíamos decidido nada y cada uno actuó de una manera diferente: unos saltaron al bote salvavidas, otros remaron contracorriente, otros se dieron a la bebida, algunos, incluso, se pusieron en un rincón del puente y rezaron.

Tras la tormenta, estábamos todos enteros, pero un rayo había alcanzado el mástil y la aguja de la brújula había perdido su magnetismo.

El barco avanza, con todos dentro, hacia la puesta de sol.

« Mais les vrais voyageurs sont ceux-là seuls qui partent
Pour partir; cœurs légers, semblables aux ballons,
De leur fatalité jamais ils ne s’écartent,
Et, sans savoir pourquoi, disent toujours: Allons! »
Charles Baudelaire. Le voyage

(Imagen: Mapamundi de los Cresques. Atlas Náutico de 1375, en el que aparece, por primera vez, la rosa de los vientos, Museo Naval. Madrid)