Desconozco

Puerto-Colón-y-Medinaceli

Pensar en lo que ocurre en el mundo nos conduce a veces por caminos llenos de irracionalidad y desconcierto. Mejor no mirar. La inseguridad del mundo socava nuestra propia confianza.

No es el mundo como nos lo muestran. No es el hombre solamente ese ser egoísta que envidia, que mata y que miente. El hombre es mucho más de lo que vemos o nos cuentan. No es un ser insensible que solo se mueve por interés o vanidad.

Somos también los que una lluvia de estrellas nos deja sin habla, los que vibramos escuchando un poema, la que nos llenamos de vida al descubrir, escondida en el monte, una cascada que cae con fuerza.

Nos dicen: “ el hombre es un lobo para el hombre” pero el hombre también está en la mirada cómplice del otro, en el roce de otra piel, en un apretón de manos y en las conversaciones serenas.

«Me desconozco», dices; mas mira, ten por cierto
que a conocerse empieza el hombre cuando clama
«me desconozco», y llora;
entonces a sus ojos el corazón abierto
descubre de su vida la verdadera trama;
entonces es su aurora.
No, nadie se conoce, hasta que no le toca
La luz de un alma hermana que de lo eterno llega
y el fondo le ilumina;
tus íntimos sentires florecen en mi boca,
tu vista está en mis ojos, mira por mí, mi ciega,
mira por mí y camina.
Miguel de Unamuno, Veré por ti

(Imagen: firmas de marineros de El Puerto de Santa María (c.1509) Archivo Ducal de Medinaceli)

Aquellas “manos muertas”

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Hasta que llegó la revolución francesa el mundo exterior se introducía en los conventos. Las monjas leían, escribían y recibían visitas de amigos y familiares. Pero con la revolución burguesa las órdenes contemplativas, las que se dedicaban a estudiar y rezar, empezaron a ser vistas como congregaciones inútiles, de “manos muertas”.

Las órdenes hospitalarias sin embargo tuvieron un nuevo impulso. Las monjas abrieron hospicios, hospitales y colegios para niñas. Pasaron a llamarse madres y dejaron de ser simplemente mujeres. La abadesa, dejó de ser una más y se convirtió en la Madre Superiora porque ya no se encargaron de la organización del convento. Los arzobispados, formados por hombres, pasaron a fiscalizar su funcionamiento aduciendo razones jurídicas y económicas.

“Nada te turbe;
nada te espante;
Todo se pasa;
Dios no se muda;
la paciencia
todo lo alcanza.
Quien a Dios tiene,
nada le falta.
Sólo Dios basta.”
Teresa de Jesús. Oración

(Imagen: Hildegarda de Bingen, Riesencodex, Biblioteca de la Hochschule de Rhein-Main)

Aquel que mira afuera, sueña. Quién mira en su interior, despierta.

conventos

La tecnología nos permite que alguien sea tu amigo a golpe de click, compartir sin arriesgar, estar en un grupo sin conocer a nadie. Surgen y se expanden redes y comunidades que convierten individuos desenraizados y solitarios en un grupo unido por algo. Podemos compartir algo efímero, un suceso o una opinión por ejemplo o podemos intercambiar aficiones que nos ayudan a reforzar rasgos de nuestra personalidad sobre lo que “tenemos”, “pensamos” o “hacemos”. Construimos círculos cerrados: religiosos, deportivos o incluso, nacionales que nos distancian de muchos otros pero que nos ayudan a sentirnos parte de un grupo. Se crean así sentimientos identitarios desde la diferencia.

“Mediante la comprensión de lo oscuro, lo nocturno, lo abismal en ti, te vuelves totalmente simple. Y te dispones a dormir como todos durante milenios, te duermes bajo el regazo de los milenios y tus paredes resuenan con antiguos cánticos de templo. Pues lo simple es lo que fue siempre. El silencio y la noche azul se extienden sobre ti mientras tú sueñas en la tumba de los milenios.
Bienaventurado el que está en la oscuridad, pues el día está encima de él.
Tu visión devendrá más clara solamente cuando mires dentro de tu corazón… Aquel que mira afuera, sueña. Quién mira en su interior, despierta.”

(Jung. Libro rojo)

“No es lo que está roto, no,
el agua que el vaso tiene:
lo que está roto es el vaso
y, el agua, al suelo se vierte.
No es lo que está roto, no
la luz que sujeta al día:
lo que está roto es el tiempo
y en la sombra se desliza.
No es lo que está roto, no
la sangre que te levanta:
lo que está roto es tu cuerpo
y en el sueño te derramas.
No es lo que está roto, no,
la caja del pensamiento:
lo que está roto es la idea
que la lleva a lo soberbio.
No es lo que está roto Dios,
ni el campo que Él ha creado:
lo que está roto es el hombre
que no ve a Dios en su campo”
Emilio Prados, Canción

(Imagen: Cordial de las cuatro cosas postrimeras. Anónimo. Siglo XV. Biblioteca Nacional de España)

Quien busca, ….. se encuentra.

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En francés la palabra “personne” tiene un doble significado: quiere decir “persona”, por tanto ser humano, pero también “nadie”, es decir ninguna persona.

Ser persona es pensar, con mi razón sin duda alguna, en que soy lo que ven los otros y lo que yo me pienso que soy. Por eso para ser persona, tengo que utilizar tan solo mi pensamiento.

El mundo está lleno de personas que se piensan sin mirar, sin escuchar, que hacen y tienen cosas, que están solas o en grupo. Cuando abrimos la puerta no encontramos a nadie. Sin la mirada del otro, yo tampoco me veo.

Sin ese que yo creo que soy y sin tener lo que tengo ¿quién soy?: … nada. Soy nadie en persona y por tanto soy ignorancia, inconsciencia, egocentrismo, insatisfacción y, sobre todo, miedo.

Dicen los sufís que la sabiduría es estar en el mundo sin ser del mundo. No dejarse llevar por uno mismo, ni para ser diferente, ni para ser de un grupo. Porque al final es lo mismo, es la mirada del otro sobre la que yo me construyo.

Il n’avait peur de personne
Il n’avait peur de rien
Mais un matin un beau matin
Il croit voir quelque chose
Mais il dit Ce n’est rien
Et il avait raison
Avec sa raison sans nul doute
Ce n’ était rien
Mais le matin ce même matin
Il croit entendre quelqu’un
Et il ouvrit la porte
Et il la referma en disant Personne
Et il avait raison
Avec sa raison sans nul doute
Il n’y avait personne
Mais soudain il eut peur
Et il comprit qu’Il était seul
Mais qu’Il n’était pas tout seul
Et c’est alors qu’il vit
Rien en personne devant lui
Jacques Prévert

Vivir con culpa: el viaje de Caín

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Caín camina sin rumbo y con una culpa grande. Quiso ser el favorito, el preferido, el más querido y ahora tiene miedo de ser el más odiado. Odio y amor van siempre juntos. El odio es un arma de doble filo, porque herimos al otro y nos herimos a nosotros mismos. Cuanto más grave es la herida que le inflingimos, más huella deja en nosotros, más se hunde en nuestra mente, más incontrolable se vuelve.

Ahora Caín vive en la culpa. Todos sus esfuerzos serán vanos porque nada de lo que intente le va a salir bien; la Tierra le maldice. Ha matado a su hermano, que es como matarse a sí mismo.

“Caín contestó al Señor: «Mi culpa es demasiado grande para soportarla. Puesto que me expulsas hoy de este suelo, tendré que ocultarme de ti, andar errante y perdido por la tierra, y cualquiera que me encuentre me matará».
El Señor le dijo: «El que mate a Caín lo pagará siete veces». Y el Señor puso una señal a Caín para que, si alguien lo encontraba, no lo matase.”

Libro del Génesis (4,1-15.25)

“el hombre mata lo que ama… El valiente con una daga, el cobarde con un beso”
Oscar Wilde, La balada de la cárcel de Reading.

 

Des – vivirse

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En una competición ciclista muchos de los componentes del equipo tienen que “tirar” en un momento dado para que el más destacado pueda “ir a rueda”. El choque con el aire lo afronta el que va delante y el que va detrás se aprovecha de su estela. Algunos estudios dicen que supone un 25% menos de esfuerzo para el que va a rueda, dependiendo lógicamente de la velocidad, de la intensidad del viento y de la habilidad de los corredores.
Muchas veces en la vida tenemos la sensación de que cuantos nos rodean van “a rueda” y que siempre estamos tirando.

Hay personas que parecen estar siempre pendientes de los demás, y están siempre disponibles. Parecen personas generosas, que se “desviven” por los otros. Generalmente cuando se les pregunta el porqué de su conducta nos contestan que es su forma de ser, su “deber” o que tienen una “obligación moral”. Al ser tan solícitos, esperan que los demás les tengan en estima, les vean indispensables, y, en definitiva, no sepan vivir (trabajar, divertirse, estudiar, desahogarse,…) sin ellos.

Pero ocurre que a veces los demás no responden igual de solícitos o entregados. Entonces aparece el dolor o la rabia. Los solícitos se desbordan. Dejan escapar sus sentimientos. Entonces su discurso es diferente y escuchamos términos aparentemente contradictorios: cariño, culpa, envidia, …. Luego, terminan con la frase sobre la que gira su entrega: “es que si no estuviera yo….”.

Un día sentimos que no podemos seguir pedaleando.

“Todo lo aprendí de quien nunca fue amado: la nieve y el silencio y el grito de los bosques cuando muere el verano.
O aquella canción celta que Kerstin me cantaba:
¿Quién puede navegar sin velas? ¿Quién puede remar sin remos?
¿Quién puede despedirse de su amor sin llorar?
Pero ahora ya la nieve sustenta mi memoria. Y el silencio se espesa tras los bosques doloridos y profundos del invierno.
Por eso puedo navegar sin velas. Por eso puedo remar sin remos.
Por eso puedo despedirme de mi amor sin llorar.”
Julio Llamazares De Memoria de la nieve.

(Imagen : De Consolatione Philosophiae. Boetius. 1501. Strasbourg. Francia)

Decían que eran brujas

Susana_y_los_viejos,_por_Tintoretto

En 1660, Barbara Buvée, madre superiora del convento de ursulinas de Auxonne fue acusada de brujería. Ocho monjas pretendían haber sido desfloradas por los espíritus. Los médicos llamados a declarar en el parlamento de Borgoña descubrieron en casi todas las monjas los síntomas de una enfermedad conocida como “furor uterino”: un ansia irrefrenable de goce sexual y una incapacidad para pensar o hablar de algo que no tuviera relación con el sexo. En el proceso, el doctor Bachet redactó un informe oficial, en el que decía lo siguiente: “las religiosas no han dado ninguna muestra convincente o legitima de verdadera posesión demoníaca en ninguno de sus actos, pues ni comprendían lenguas extranjeras, ni conocían secretos ocultos, ni sus cuerpos levitaban en el aire, ni se movían de un lugar a otro, ni realizaban contorsiones extraordinarias ni fuera de lo normal”.

Considerada culpable, Barbara Buvée fue trasladada a otro convento. Al final, se descubrió que uno de los dos confesores del convento, el padre Nouvelet, abusaba sexualmente de las ocho monjas.

“Usted nunca ha parido
no conoce
el filo de los machetes
no ha sentido
las culebras de río
nunca ha bailado
en un charco de sangre querida
doctor
no meta la mano tan adentro
que ahí tengo los machetes
que tengo una niña dormida
y usted nunca ha pasado
una noche en la culebra
usted no conoce el río.”
María Auxiliadora Álvarez.

(Imagen: Susana y los viejos. Tintoretto. Museo del Prado)