Las novenas del amor

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En el amor, recitamos permanentemente novenas en nuestra cabeza: para que nos llamen o nos envíen un correo, para que no nos dejen, para que nos quieran con locura……

Nueve días esperando una respuesta, nueve días de silencio, nueve días de conjeturas…. ¿y después del noveno día? tal vez se nos haya pasado el desgarro de estar solos, el vacío de no saber del otro. Tal vez sea el décimo día cuando finalmente dé señales de vida. Durante nueve días, con sus horas y sus noches “pedimos”….. ¿a Dios? ¿al destino?

Una mente que desea y espera es una mente turbada. Pasea de pasado a presente, gira sobre sí misma. No hay paz en un corazón en novena. No es un rezo que serene. Por el contrario, reiteradamente nos recuerda que tenemos un vacío. Pedimos, pedimos,…

(Una novena es una oración que se recita durante nueve días para obtener un deseo o conseguir resolver una situación, buscando generalmente la intersección de un santo determinado o de la Virgen María. Su origen sin embargo no es cristiano sino romano. Los romanos celebraban nueve días de duelo por los difuntos y nueve días de fiestas para apaciguar a los dioses).

“(…)
Pero el dos no ha sido nunca un número
porque es una angustia y su sombra,
porque es la guitarra donde el amor se desespera,
porque es la demostración de otro infinito que no es suyo
y es las murallas del muerto
y el castigo de la nueva resurrección sin finales.
Los muertos odian el número dos,
pero el número dos adormece a las mujeres
y como la mujer teme la luz
la luz tiembla delante de los gallos
y los gallos sólo saben volar sobre la nieve
tendremos que pacer sin descanso las hierbas de los cementerios.”
Federico Garcia Lorca. Pequeño poema infinito (extracto)

(Imagen : Christine de Pisan. L´Epître d´Othéa à Hector. 1460. Fondation Bodmer. Colonia. Alemania)

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El amor se fue con el viento

1390 roman de la rose brith library

El final de un amor puede ser como el fuego: una explosión de energía concentrada, de rabia y reproches callados que de pronto absorben y funden toda materia. Es energía, furia, que quema y derrite todo a su paso. Solo hizo falta una pequeña chispa para que de pronto ardiera todo. Todo se convierte en cenizas, todo queda de color negro.

El amor puede terminar por un movimiento de tierras. Algo estaba ocurriendo por debajo, sin nosotros notarlo. Hasta que un día, la tierra se mueve. Puede hacerlo de golpe como un terremoto o poco a poco, socavando los cimientos, pero en cualquier caso derribando nuestra casa. Perdemos el equilibrio, no sabemos dónde poner los pies, porque debajo de nosotros el suelo no nos sostiene, lo que creíamos más sólido cae y debemos tener cuidado para no ser aplastados por los trozos fragmentados de lo que habíamos construido.

¿Y si, como el agua, el amor termina inundándonos?. Es cuando no podemos respirar porque nos hemos ido ahogando suavemente. Podíamos haberlo visto llegar pero no siempre nos damos cuenta. A veces incluso no vimos que habíamos construido nuestro amor en una zona fácilmente inundable. El lodo lo cubre todo. Todo está manchado y podrido.

Pero para finales extraños, los que se los lleva el viento. El viento llega de pronto, sin control, sin causa aparente. También se lleva los techos, pero no caen, los levanta de golpe. No podemos hablar con el viento huracanado: todo son ruidos y golpes pero no se escuchan palabras. Vuelan recuerdos, …. Y de pronto descubrimos que, también nosotros, hemos salido volando.

Pero el final de un amor no es la nada. Tras un incendio vuelven a salir las flores, más bellas; las casas nuevas tras el terremoto son más sólidas; la inundación hace las tierras más fértiles, y el aire, …. ¿ Acaso no puede elevarnos un remolino?

“La tierra se va cansando,
la rosa no huele a rosa.
La tierra se va cansando
de entibiar semillas rotas,
y el cansando de la tierra
sube en la flor que deshoja
el viento… Y allí, en el viento
se queda…”
Dulce María Loynaz ( Tierra cansada, extracto)

(Imagen: Le roman de la rose. 1390. British Library)

No te pienses sin amor

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El amor es como el fuego que ilumina, funde y transforma. El amor puede también abrasar. Con el amor podemos intoxicarnos, podemos quemarnos a carne viva y, como pirómanos, buscar sin cesar su calor sin poder alcanzar la luz de sus llamas.

Todos fracasamos alguna vez en el amor. Todos hemos tenido miedo a enamorarnos porque, cuando es de verdad, nos hace vulnerables. El amor nos obliga a abrirnos al otro y, sin la protección de la máscara, el otro puede herirte. ¿Cómo no sentirnos inseguros, si se trata de estar en sintonía con alguien que no soy yo mismo, mi ego, el que yo creo que soy?

Amar es entregarse. Es dejar salir toda la emoción, la vitalidad y la energía hacia fuera, dejar que el otro la tome y arriesgarse a que la rechace, a que la utilice, a que la pise. Pero el que da sin esperar nada a cambio es poderoso, porque es una fuente insaciable. Está vivo. Está lleno. Brilla.

Pero el amor también puede transformarnos. Podemos descubrir mundos nuevos, nos abre los ojos y nos hace mirar de otra manera. El amor es creativo, es energía. Amar es estar vivo. Si pensamos que podemos vivir sin calor, si creemos que no necesitamos luz, entonces no nos enamoremos.

“No te quedes inmóvil
al borde del camino
no congeles el júbilo
no quieras con desgana
no te salves ahora
ni nunca
no te salves
no te llenes de calma
no reserves del mundo
sólo un rincón tranquilo
no dejes caer los párpados
pesados como juicios
no te quedes sin labios
no te duermas sin sueño
no te pienses sin sangre
no te juzgues sin tiempo
pero si
pese a todo
no puedes evitarlo
y congelas el júbilo
y quieres con desgana
y te salvas ahora
y te llenas de calma
y reservas del mundo
sólo un rincón tranquilo
y dejas caer los párpados
pesados como juicios
y te secas sin labios
y te duermes sin sueño
y te piensas sin sangre
y te juzgas sin tiempo
y te quedas inmóvil
al borde del camino
y te salvas
entonces no te quedes conmigo.”
Mario Benedetti. No te salves

(Imagen: Libro de Horas de Amiens, Picardia, Siglo XV. Biblioteca Nacional de Francia)

El cuaderno de agravios

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La persona que no perdona no tiene paz. Lleva una lista de agravios y va añadiendo cada día nuevas ofensas. A veces esa lista empieza muy pronto, desde niño, cuando nos enseñan a escribir. Con el tiempo, la lista tiene nombres nuevos, muchos más y en todos los ámbitos, pero tampoco borramos lo que primero marcamos. Los agravios se van sumando, se van multiplicando y, al final, se van todos pareciendo.

La persona que no perdona lleva gafas de ver que todo lo distorsionan. El mundo es feo. No cree que pueda cambiar nada ni nadie. Cree saberlo todo y por tanto, no pregunta ni escucha. Juzga. Condena. Encuentra una explicación a todo. El problema son los otros.

La persona que no perdona contempla el mundo con los ojos irritados, sufre y tiene miedo, pero no llora. Seguramente no se lo permite. Mira ese mundo hostil y no sabe del dolor que lleva dentro. Duele la duda, duele descubrir errores, duele saber que no hay nadie perfecto.

“Asomaba a sus ojos una lágrima
y… mi labio una frase de perdón;
habló el orgullo y enjugó un llanto,
y la frase en mi labio expiró.
Yo voy por un camino, ella por otro;
pero al pensar en nuestro mutuo amor,
yo digo aún: ¿Por qué calle aquel día?.
Y ella dirá: ¿Por qué no lloré yo?.
Es cuestión de palabras, y, no obstante,
ni tu ni yo jamás,
después de lo pasado convendremos
en quién la culpa está
¡Lástima que el amor un diccionario
no tenga donde hallar
cuando el orgullo es simplemente orgullo
y cuando es dignidad!”
Gustavo A. Bécquer

(Imagen : Codex Bodmer « Épître d’Othéa » Christine de Pisan, 1400)

Ni sabe partir, ni llegar osa

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No existe una pareja si no hay dos. La identidad de cada miembro, aparte de la suya propia, está definida en función del otro. Somos un uno formado con otro. Por eso con frecuencia, y sobre todo al iniciar una relación, tenemos miedo a acercarnos demasiado y quemarnos.

Pero, como una mariposa de noche con una lámpara, tampoco podemos alejarnos y nos cuesta mucho salir de una relación que sabemos que ha terminado. Seguimos dando vueltas, sin separarnos, porque en el fondo creemos que la luz viene del otro.

En la pareja volvemos a vivir la tensión primera, la que nos acompaña desde el nacimiento: soy un ser independiente y a la vez no puedo vivir sin otros. El hilo es fino. A veces, se rompe de tanto estirarlo o de tensarlo solo de un lado. Otras, ni siquiera somos conscientes de tenerlo delante, ni nosotros, ni tampoco padres, hijos, parejas,… aquellos a los que amamos.

“Como la simplecilla mariposa
a torno de la luz de una candela
de pura enamorada se desvela,
ni se sabe partir, ni llegar osa;
vase, vuelve, anda, torna y no reposa,
y de amor y temor junto arde y hiela,
tanto que al fin las alas con que vuela
se abrasan con la vida trabajosa.
Así, mísero yo, de enamorado,
a torno de la luz de vuestros ojos
vengo, voy, torno y vuelvo y no me alejo;
mas es tan diferente mi cuidado
que en medio del dolor de mis enojos
ni me acaba el ardor, ni de arder dejo”.
Gutiérrez de Cetina

(Imagen: Auguste Rodin. El Beso. 1898. Museo Rodin. Paris.)

Beber veneno o cuándo son bellas las ilusiones

alquimia-sol-luna-pareja1Hay amores llenos de venenos de colores. Sabemos que el arco iris es solo una ilusión de la mente, fruto del juego de la luz y el agua. Sabemos que los colores que vemos no son reales. La luz es solo una pero la descomponemos, dispersándola en rojo, anaranjado, amarillo, verde, azul, añil y violeta. Nunca llegaremos a saber sobre qué y donde se asienta el arco, desde qué punto es lanzado. Pero, ¿cómo cerrar los ojos para no mirarlo?

Los sabios nos recuerdan que los deseos nos encadenan, que hay que elevarse y mirar más alto. Nos dicen que la felicidad está en el interior y que no se debe depender de los otros. Nos dicen que lo que sentimos es apego y no amor, que el amor es otra cosa. Nos advierten contra el amor romántico, contra la pasión y ese deseo terrible de que te estrechen otros brazos. Son ilusiones, nos recuerdan, sucedáneos, de algo más puro, más pleno, como la luz blanca del sol en el cielo. Pero, ¡Es tan difícil ser humano! ¿Cómo quedarnos insensibles cuando nos enamoramos?

Al igual que el arco iris, mi amor es bello, de mil colores.
Pero sé que si cambiara la luz, el agua o
llegara un gran viento, desaparecería.
Solo quedará, cada vez más lejos,
un dulce sabor a veneno.

“Desmayarse, atreverse, estar furioso,
áspero, tierno, liberal, esquivo,
alentado, mortal, difunto, vivo,
leal, traidor, cobarde y animoso:
No hallar fuera del bien centro y reposo,
mostrarse alegre, triste, humilde, altivo,
enojado, valiente, fugitivo,
satisfecho, ofendido, receloso:
Huir el rostro al claro desengaño,
beber veneno por licor suave
olvidar el provecho, amar el daño:
Creer que el cielo en un infierno cabe;
dar la vida y el alma a un desengaño,
¡esto es amor! quien lo probó lo sabe.”
Lope de Vega

Sin voluntad no hay pareja

volando“Tanto las vasijas de vidrio como las de arcilla se construyen a base de fuego. Las de vidrio pueden remodelarse si se rompen, pues ha sido por un soplo por lo que han llegado a ser. Las de arcilla, en cambio —de romperse—, quedan destruidas, pues no ha intervenido ningún soplo en su construcción” dijo Jesús en los evangelios-

Solo podremos compartir nuestra vida si queremos hacerlo. Es la voluntad la que determina la unión. Tenemos que soplar para darle forma al amor. Quizás por eso corazón y voluntad son la misma palabra en hebreo. Que no sea por falta de voluntad porque no vivimos nuestra vida ni amemos.

“Amor, amor, las nubes a la torre del cielo
subieron como triunfantes lavanderas,
y todo ardió en azul, todo fue estrella:
el mar, la nave, el día se desterraron juntos.
Ven a ver los cerezos del agua constelada
y la clave redonda del rápido universo,
ven a tocar el fuego del azul instantáneo,
ven antes de que sus pétalos se consuman.
No hay aquí sino luz, cantidades, racimos,
espacio abierto por las virtudes del viento
hasta entregar los últimos secretos de la espuma.
Y entre tantos azules celestes, sumergidos,
se pierden nuestros ojos adivinando apenas
los poderes del aire, las llaves submarinas.”
Pablo Neruda Cien sonetos de amor. Santiago, Editorial Universitaria, 1959.

(Imagen: Pareja volando. Carlos Luis de Ribera y Fieve. 1835 – 1891. Museo del Prado. Madrid)