La noche oscura del alma

dore purgatorio

Hay veces que la vida te envía una ola grande. La vemos llegar tan alta, tan inmensa, tan imprevisible que nos paraliza y no somos capaces de reaccionar. No podríamos detenerla tampoco, irrumpe así porque en el fondo sabemos que estaba llegando. Ha ido creciendo sin que fuéramos conscientes. Algo en nosotros sabía que el mar por debajo no estaba en calma, que algo bullía en el fondo. La ola es un despido, una enfermedad, una separación….
Entonces, la noche nos envuelve y nos traga.

La noche oscura del alma es el abismo, el desierto en el que solos, con sed y desnudos, nos dejan los golpes de la vida.

Hay golpes en la vida, tan fuertes… Yo no sé.
Golpes como del odio de Dios; como si ante ellos,
la resaca de todo lo sufrido
se empozara en el alma… Yo no sé.
Son pocos; pero son… Abren zanjas oscuras
en el rostro más fiero y en el lomo más fuerte.
Serán tal vez los potros de bárbaros atilas,
o los heraldos negros que nos manda la Muerte.
Son las caídas hondas de los Cristos del alma,
de alguna fe adorable que el Destino blasfema.
Esos golpes sangrientos son las crepitaciones
de algún pan que en la puerta del horno se nos quema.
Y el hombre… Pobre… ¡pobre! Vuelve los ojos, como
cuando por sobre el hombro nos llama una palmada;
vuelve los ojos locos, y todo lo vivido
se empoza, como un charco de culpa, en la mirada.
Hay golpes en la vida, tan fuertes … Yo no sé!
César Vallejo.

(Imagen: Gustave Doré. Ilustraciones de la Divina Comedia de Dante (Purgatorio, detalle). 1861)

Matar al dragón

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“Ha llegado la hora de matar al dragón,
de acabar para siempre con el monstruo
de las fauces terribles y los ojos de fuego.
Hay que matar a este dragón y a todos
los que a su alrededor se reproducen.
Al dragón de la culpa y al dragón del espanto,
al del remordimiento estéril, al del odio,
al que devora siempre la esperanza,
al del miedo, al del frío, al de la angustia.
Hay que matar también al que nos tiene
aplastados de bruces contra el suelo,
inmóviles, cobardes, desarraigados, rotos.”
Amalia Bautista

El miedo es una energía muy poderosa. Se alimenta de tiempo. Se nutre de recuerdos dolorosos y proyecta en el futuro nuestros temores. Recupera sentimientos de hambres, de frío o de indefensión que llevamos dentro desde hace siglos y que revivimos, sin darnos cuenta, en cuanto nacemos. El miedo además de moverse de arriba abajo en el tiempo, también viene de mirar hacia los lados. Es imaginar lo que pensaran o nos harán los otros o descubrirnos de pronto solos e indefensos.

El miedo nos hace ver el mundo amenazante y feo. Nos vuelve impotentes. No nos permite avanzar. El miedo nos impide amar y ser amados.

(Imagen: Codex Gigas. Monjes de Podlažice, 1295. Biblioteca Nacional de Suecia)

La savia universal o por qué aprender a abrazar árboles

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Ero de Armenteira salió a pasear una mañana por los bosques cerca del monasterio donde vivía. Quedó tan fascinado con el canto de un pajarillo que permaneció escuchándolo más de doscientos años. Al volver al convento nadie le recordaba, tan solo las leyendas contaban que un día, un monje, distraído, había desaparecido en el bosque.

Cuando le preguntaron en una entrevista a uno de los monjes carmelitas del Desierto de las Batuecas qué es lo que más le gustaba hacer en ese lugar tan solitario e inhóspito contestó: “abrazar árboles”. Explicaba emocionado que, en esos instantes, pegado al tronco, podía sentir la savia que fluye por dentro, cuando parece todo muerto y las hojas caídas tapizan el suelo.

« Être dans la nature ainsi qu’un arbre humain,
Étendre ses désirs comme un profond feuillage,
Et sentir, par la nuit paisible et par l’orage,
La sève universelle affluer dans ses mains ! »
Anna de Noailles, La vie profonde

(Imagen: Pino. Alberto Durero, 1514. Acuarela. British Museum)

La mirada de la luz

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Cuando Stendhal entró en la Iglesia de la Santa Croce de Florencia se encontró de pronto con las pinturas y los murales de Giotto, Brunelleschi y Donatello. Tampoco se esperaba encontrar allí los restos de Miguel Ángel, Maquiavelo y Galileo. Paseando por la nave, afloraron de su interior emociones provocadas por sus propios pensamientos. Pero sufrió un estremecimiento aún mayor al sentir, de golpe, en aquel lugar y momento, todo el conocimiento del pasado de la humanidad.

Todas esas emociones dejaron en él, y para siempre, una impresión profunda, al principio de desasosiego y desequilibrio, pero luego, al comprender lo que le había pasado, de grandiosa plenitud.

El que ha emprendido el camino ya no puede quedarse parado. Jesús decía: “El que busca no debe dejar de buscar hasta tanto que encuentre. Y cuando encuentre se estremecerá, y tras su estremecimiento se llenará de admiración y reinará sobre el universo”. Eric Fromm nos advierte que “por lo general, hay mucha angustia antes de que se produzca esta experiencia, mientras que después se produce un nuevo sentimiento de fuerza y certidumbre”. Queremos saber qué esperar, y sin embargo hay que dejar que aparezca como quiera. En lugar de perseguir la luz, simplemente dejemos que, espontánea y naturalmente, llegue, como un instante de lucidez y de descubrimiento.

El mundo y uno mismo aparecen entonces con una luz distinta, todo es diferente. Entendemos. Sentimos. Somos.

«Por amplias que sean sus alas, la luz auroral que sigue al alba es como un boquete, un lugar que tiende a absorber y ofrecer al par la inminencia de que algo inconcebible aparezca.(…) ¿Pensamiento? Mira tan sólo. Es una mirada, ya que la mirada de todo aquello que se manifiesta visiblemente es lo único que no tiene extensión y, aún más, la borra.
Llega la mirada anulando la distancia, quien la recibe queda traspasado, raptado o fijado; fijado, si es la mirada de la luz. Y cuando la luz nos fija es que nos mira, y, al mirarnos, ¿se sabría decir lo que sucede? Y, por no saberlo decir, se borra: no crea memoria.
Y así, de esta mirada de la luz, nace, podría nacer, ha nacido una y otra vez un pensamiento sin memoria. Un pensamiento liberado del esfuerzo de la pasión de tener que engendrar memoria y, en su virtud, liberado también de toda representación y de todo representar.»
María Zambrano “Lo celeste”, en De la Aurora, Madrid,Ed. Mondadori, 1989, p.43

(Imagen: Francisco de Goya. Pinturas negras. 1820, Museo del Prado. Madrid)

El ayuno blanco o el perdón

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La persona que no perdona no tiene paz. Lleva una lista de agravios y va añadiendo cada día nuevas ofensas. A veces esa lista empieza muy pronto, desde niño, con nuestros primeros recuerdos. Con el tiempo, la lista va creciendo con nombres nuevos, muchos más y en todos los ámbitos, en el colegio, en el trabajo, … pero tampoco borramos lo que primero marcamos. Los agravios se van sumando, se van multiplicando y, al final, se van todos pareciendo.

La persona que no perdona lleva gafas de ver que todo lo distorsionan. El mundo es feo. No cree que pueda cambiar nada ni nadie. Cree saberlo todo y por tanto, no pregunta ni escucha. Juzga. Condena. Encuentra una explicación a todo.

La persona que no perdona contempla el mundo con los ojos irritados, sufre y tiene miedo, pero no llora. Mira ese mundo hostil y no sabe del dolor que lleva dentro. Duele la duda, duele descubrir errores, duele saber que no hay nadie perfecto.

“El que perdona la ofensa cultiva el amor;
el que insiste en la ofensa divide a los amigos”. Efesios 17:9

(Imagen: códice de Rabí Moshé Arragel nacido en Guadalajara, siglo XIV. Biblia de Alba. Fundación Casa de Alba)

Cuidar el jardín cada día

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Decía Teresa de Jesús que el alma del hombre es como un castillo, en cuya interioridad, grande como el cielo, hay muchos aposentos. Para avanzar, y llegar a lo más profundo hay que ir atravesando distintas moradas. En ocasiones, no sabemos cómo seguir porque las puertas de las distintas habitaciones están cerradas. Nadie viene a ayudarnos: no aparece un ángel en mitad de la noche ni desciende una luz como una nube y nos rodea para indicarnos el camino. Solo tenemos lo que hemos aprendido pateando el polvo, saltando charcos y subiendo y bajando cuestas pero nos basta para saber por dónde  seguir avanzando.

Atravesar el castillo requiere disciplina y trabajo diario. Bien lo saben los que hacen el camino de Santiago: solamente se llega al final caminando paso a paso.

Somos jardineros que nos hemos quedado sin
flores…
No se puede plantar ninguna hierba medicinal
de ayer para mañana.
Nelly Sachs

ImagenTacuinum Sanitatis. 1390-1407. Akademische Druck Graz, Austria

Desconstruyendo ritos y ofrendas

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En aquel tiempo, se acercó a Jesús un leproso, suplicándole de rodillas: «Si quieres, puedes limpiarme.» Sintiendo lástima, extendió la mano y lo tocó, diciendo: «Quiero: queda limpio.». La lepra se le quitó inmediatamente, y quedó limpio. Él lo despidió, encargándole severamente: «No se lo digas a nadie; pero, para que conste, ve a presentarte al sacerdote y ofrece por tu purificación lo que mandó Moisés.» Pero, cuando se fue, empezó a divulgar el hecho con grandes ponderaciones, de modo que Jesús ya no podía entrar abiertamente en ningún pueblo; se quedaba fuera, en descampado; y aun así acudían a él de todas partes.
Marcos (1,40-45)

 Jesús le dijo al leproso que ofreciera al sacerdote lo que mandó Moisés y lo que está estipulado figura en el Levítico 14 sobre la purificación de los leprosos. El purificado debe rasurarse todo el cabello: la cabeza, la barba y las cejas; todo su cabello. Deberá lavar su ropa y su  cuerpo en agua, y quedar asilado una semana y repetir esta limpieza una semana más tarde. Después se presentará en el templo con dos corderos, seis kilos y medio de la mejor harina amasada con aceite y la tercera parte de un litro de aceite. El sacerdote entonces procede a la realización de un rito de limpieza utilizando la sangre de uno de los corderos y el aceite.

(…) El sacerdote tomará de la sangre de la ofrenda por la culpa, y la pondrá el sacerdote sobre el lóbulo de la oreja derecha del que ha de ser purificado, sobre el pulgar de su mano derecha y sobre el pulgar de su pie derecho. El sacerdote tomará también del log de aceite, y lo derramará en la palma de su mano izquierda; después el sacerdote mojará el dedo de su mano derecha en el aceite que está en la palma de su mano izquierda, y con el dedo rociará del aceite siete veces delante del Señor. Y de lo que quede del aceite que está en su mano[j], el sacerdote pondrá un poco sobre el lóbulo de la oreja derecha del que se ha de purificar, sobre el pulgar de su mano derecha y sobre el pulgar de su pie derecho, encima de la sangre de la ofrenda por la culpa; y lo que quede del aceite que está en la mano[k] del sacerdote, lo pondrá sobre la cabeza del que ha de ser purificado. Así el sacerdote hará expiación por él delante del Señor. Después el sacerdote ofrecerá el sacrificio por el pecado y hará expiación por el que se ha de purificar de su inmundicia. Y después, degollará el holocausto. Y el sacerdote ofrecerá sobre el altar el holocausto y la ofrenda de cereal. Así hará expiación el sacerdote por él, y quedará limpio.”

 La lectura de hoy me hace pensar en la construcción de la doctrina cristiana y en la sustitución de ritos y sacrificios. Jesús, al sacrificarse en la cruz, encarna todos los sacrificios juntos, se convierte en el sacrificado y con ello elimina todas esas prácticas. También es cierto que cuando se escriben los evangelios la revuelta de los canaim o zelotes había concluido y el  Templo de Jerusalem fue destruido. Desde entonces, los ritos y liturgia judíos tuvieron que ser revisados al no existir ya en la explanada del monte Moriá, en la ciudad de Jerusalem, el Templo de Salomón ni el Arca de la Alianza.