Alargar la palabra final

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San Juan de la Cruz nos dice que para escuchar el silencio hay que “cerrar los sentidos con uso e inclinación de soledad y olvido de toda criatura y de todos los acaecimientos, aunque se hunda el mundo”. Nada entra, solo el aire silencioso del universo.
Solo sentimos el aire que entra en los pulmones y, si colocamos la mano en nuestro pecho, el latido del corazón.

En algunas religiones, para llegar al silencio interior se repiten sonidos. Se cantan mantras o letanías para concentrar todo sonido en una nota. Después con la última vibración y los labios cerrados disfrutaremos de la música callada, de la soledad sonora.

Nadie nos enseñó a buscar el sonido de dentro. Quizás en los conventos, en mitad de la noche alguien algún día vibró cantando repetidamente una misma y lenta letanía, o al alargar la palabra final de un rezo,….“Amen” convirtiéndose en su murmullo en el sonido om.

“…la causa final de la generación del hombre es la aproximación de su alma al mundo más elevado para que cada cual retorne a lo que le es semejante.” (..)(Salomón Ibn Gabirol (Málaga, 1021-1058) Fons Vitae)

“El canto quiere ser luz.
En lo oscuro el canto tiene
hilos de fósforo y luna.
La luz no sabe qué quiere.
En sus límites de ópalo,
se encuentra ella misma,
y vuelve.”
Federico García Lorca. Canciones

(Imagen: Códice Docile. Massimo Pisani)

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Iluminarse

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El despertar de nuestra conciencia no llega intelectualmente, ni al leer un libro de autoayuda, ni al ver un documental; ni siquiera analizando y pensando horas y horas introspectivamente. Los libros y las enseñanzas nos dicen que se puede despertar pero los sabios de verdad no nos dicen cómo llegar a esa “iluminación”.

Jesús decía: “El que busca no debe dejar de buscar hasta tanto que encuentre. Y cuando encuentre se estremecerá, y tras su estremecimiento se llenará de admiración y reinará sobre el universo”.  Sin embargo, Eric Fromm nos advierte que “por lo general, hay mucha angustia antes de que se produzca esta experiencia, mientras que después se produce un nuevo sentimiento de fuerza y certidumbre”.  Tenemos que saber qué esperar, … dejar que aparezca como quiera. En lugar de perseguir la luz, simplemente dejamos que, espontánea y naturalmente, llegue, como un instante de lucidez y de descubrimiento.

El mundo y uno mismo aparecen con una luz distinta, todo es diferente. De repente, miramos nuestra vida con otros ojos.

Entendemos. Sentimos. Somos.

“Llega la mirada anulando la distancia, quien la recibe queda traspasado, raptado o fijado; fijado, si es la mirada de la luz. Y cuando la luz nos fija es que nos mira, y, al mirarnos, ¿se sabría decir lo que sucede? Y, por no saberlo decir, se borra: no crea memoria.
Y así, de esta mirada de la luz, nace, podría nacer, ha nacido una y otra vez un pensamiento sin memoria. Un pensamiento liberado del esfuerzo de la pasión de tener que engendrar memoria y, en su virtud, liberado también de toda representación y de todo representar.”
María Zambrano

Los huesos del hombre triste se tornan áridos

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Evagrio el Monje decía que el demonio de la tristeza era el más destructivo de todos: “todos los demonios enseñan al alma el amor por el placer y el recuerdo de los sentidos: sólo el demonio de la tristeza se abstiene de ello. Por el contrario, destruye todos los pensamientos insinuados por los otros demonios, impidiendo al alma sentir cualquier placer, insensibilizándola ”…..

El “humor de melancolía” era, en la medicina medieval, mezcla de bilis negra y otros infundios. El mal que te hace ver todo negro y además paraliza.

La tristeza deja la razón oscurecida.

“A veces viene
desde la tierra misma la tristeza,
viene desde el amor,
desde la ausencia del amor,
desde la piedra o el vegetal al hombre.
A veces está ahí oscura o despedida
por un pecho inocente.
A veces viene la tristeza de un lugar o del aire,
de la amistad caída o de un nombre vacío.
del sueño o de la infancia,
de una palabra que no pronunciamos,
de lo que creímos y ya no creemos,
de la esperanza y la desesperanza,
de la dura corteza del amor.
A veces viene la tristeza.
A veces hay en la tristeza odio,
ausencia y odio,
ceniza y rostros olvidados,
viejas fotografías y silencio
y una larga desposesión.
A veces viene, irrumpe
como un don invertido,
como un don que se da y no se recibe,
como lo nunca dado a la esperanza
o lo que, en fin, se acepta y da, pero no puede vivir.
A veces viene. Viene o está.
A veces hay en la tristeza odio
y arrepentimiento y amor.”

Jose Angel Valente. A veces viene la tristeza

(Imagen: Alberto Durero. Melancolia (detalle). 1514. Galeria Nacional de Arte de Karlsruche. Alemania)

Viaje a Itaca

AUN-APRENDO1El burro pasó su vida dando vueltas alrededor de una rueda de molino;  cuando lo desuncieron se encontraba exactamente en el mismo sitio. “Hay hombres que hacen mucho camino sin adelantar un paso en dirección alguna. Al verse sorprendidos por el crepúsculo no han divisado ciudades, ni aldeas, ni creación, ni naturaleza, ni potencia, ni ángel”. ( Evangelio de Felipe)

El camino empieza al dar el primer paso. Lo que importa no es a donde vamos, sino qué vamos mirando y la dirección que tomamos en cruces y semáforos. Cuando tropezamos o sufrimos una caída, es que estábamos distraídos, mirando para otro lado.

Mas no apresures nunca el viaje.
mejor que dure muchos años
y atracar, viejo ya, en la isla,
enriquecido de cuanto ganaste en el camino
sin aguardar a que Itaca te enriquezca.
Constantinos Kavafis

(Imagen: Francisco de Goya. Grabado de la serie Burdeos. nº 54. 1826. Museo del Prado -Madrid)

Lágrimas y paraísos

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Desde la expulsión del Paraíso, el ser humano vive en un valle de lágrimas. Esta idea de que la vida es sufrimiento está metida en nuestras raíces y en nuestra historia. Nos han dicho que las fatigas nos ayudan a menospreciar la vida presente y a ser más santos. Cilicios, ayunos y penitencias son instrumentos para una mayor conciencia espiritual. La mortificación salva a las almas. Es el sometimiento del cuerpo y de la mente, de la ternura y de la alegría.

Por otro lado, desde la sociedad de consumo, se nos dice lo contrario, que la vida está para disfrutarla y, para ello, tan solo hace falta tener dinero. Si consumimos según nuestros gustos, apetencias y mejor conocimiento no nos faltará en la tierra el placer y la seguridad que buscamos. No hay que renunciar a nada.

El valle de lágrimas o el paraíso en tierra. En ambos casos: perdidos, insatisfechos y asustados, bien por no llegar al cielo, bien por perder lo que tenemos o no alcanzar lo que tanto deseamos.

“Si culpa, el concebir; nacer tormento;
guerra, vivir, la muerte, fin humano;
si después de hombre, tierra y vil gusano,
y después de gusano, polvo y viento;
si viento nada, y nada el fundamento;
flor, la hermosura; la ambición, tirano;
la fama y gloria, pensamiento vano,
y vano, en cuanto piensa el pensamiento,
¿quién anda en este mar para anegarse?
¿De qué sirve en quimeras consumirse,
ni pensar otra cosa que salvarse?
¿De qué sirve estimarse y preferirse,
buscar memoria habiendo de olvidarse,
y edificar habiendo de partirse?”
Lope de Vega

(Imagen: Fresco del Juicio Final (detalle). Nicolás Delli. 1445. Catedral Vieja de Salamanca)

Un instante solo mío

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Los primeros monjes vivieron en Egipto en el siglo IV. Eran cristianos que se marchaban a lugares despoblados para vivir lejos de una Iglesia que, en aquél momento, se estaba fundiendo con el Imperio Romano. Por eso la palabra “monje”, que viene del griego “monachós”, quiere decir “solitario”.

Más tarde, hacia el siglo XIII, cuando de nuevo se terminaba una época, algunos volvieron a buscar nuevos desiertos: proliferaron los eremitas y los llamados penitentes por toda Europa, entre ellos San Francisco. Eran personas, muchos de ellos laicos, que renunciaban a su pasado buscando nuevos valores lejos de los bienes materiales de la vida.

Para estar bien en el mundo, ¿cómo hay que estar solo?

“Voy a bordar de tibias lentejuelas
este instante que es mío,
a tapizar de fresas y esperanzas
su borde inmaculado.
Mientras mañana, o todos los momentos
que velan tras el muro de las horas
permanezcan ocultos,
voy a tomar alegre de la mano
el sol que ya comienza a besar mi butaca,
el vaivén de las hojas
que sobrepasan libres los últimos balcones,
el perro que dormita confiado.
Voy a beber la copa del silencio
que siembra paz y amor en el ambiente
para elevar un brindis de ternura
por el dulce recuerdo
de todos mis amigos.
Ahora, cuando el pájaro del sueño
revolotea lejos de mis cuatro paredes,
voy a gustar el vino sorbo a sorbo
de este instante de luz que me acompaña.”
Teresa Berenguer. Brindis por un instante

(Imagen: Christine de Pisan. L´Epître d´Othéa à Hector. 1460. Fondation Bodmer. Colonia. Alemania)

El temor a lo tremendo

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En una pequeña sala del Convento de la Encarnación de Madrid hay una imagen de un Cristo yacente esculpida por Perrone. Está tendido sobre sucios lienzos. Su rostro está pálido, medio verdoso y tiene numerosas heridas por todo el cuerpo. Parece muy real, como si estuviéramos ante la mesa de trabajo de un forense. Cuesta mirarlo. Hiere.

Federico García Lorca escribió sobre el culto a estas imágenes en España “Sintieron a Jesús en la Cruz al verlo con la cabeza sublime partida, con el pecho anhelante, con el corazón en el suelo, con espumas sangrientas en la boca,…, pero el pueblo nunca al pensar en el Jesús crucificado se acordó del Jesús del Huerto de los Olivos, con la amargura del temor a lo tremendo, ni se asombró ante el Jesús con amor de hombre de la última cena…” .

El miedo anuló el amor.

“Cristo en la cruz. Los pies tocan la tierra.
Los tres maderos son de igual altura.
Cristo no está en el medio. Es el tercero.
La negra barba pende sobre el pecho.
El rostro no es el rostro de las láminas,
es áspero y judío. No lo veo
y seguiré buscándolo hasta el día
último de mis pasos por la tierra.
El hombre quebrantado sufre y calla.
La corona de espinas lo lastima.
No lo alcanza la befa de la plebe
que ha visto su agonía tantas veces.
La suya o la del otro. Da lo mismo.
Cristo en la cruz. Desordenadamente
piensa en el reino que tal vez lo espera,
piensa en una mujer que no fue suya.
No le está dado ver la teología,
la indescifrable Trinidad, los gnósticos,
las catedrales, la navaja de Occam,
la púrpura, la mitra, la liturgia,
la conversión de Guthrum por la espada,
la Inquisición, la sangre de los mártires,
las atroces Cruzadas, Juana de Arco,
el Vaticano que bendice ejércitos.
Sabe que no es un dios y que es un hombre
que muere con el día. No le importa.
Le importa el duro hierro de los clavos.
No es un romano. No es un griego. Gime.
Nos ha dejado espléndidas metáforas
y una doctrina del perdón que puede
anular el pasado. (Esa sentencia
la escribió un irlandés en una cárcel.)
El alma busca el fin, apresurada.
Ha oscurecido un poco. Ya se ha muerto.
Anda una mosca por la carne quieta.
¿De qué puede servirme que aquel hombre
haya sufrido, si yo sufro ahora?”
Jorge Luis Borges. Cristo en la cruz

(Imagen: Cristo yacente. M. Perrone. 1690. Monasterio de la Encarnación. Madrid)