Relaciones repetidas

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Las personas llegan a nuestra vida de improviso. Todas llegan para enseñarnos algo. A veces, cuando han terminado su trabajo, se marchan volando por donde han venido. Si no hemos aprendido, volvemos a repetir, con algunos cambios, el mismo de tipo de relación.

Volvemos a vivir, con compañeros diferentes, sensaciones y sentimientos del pasado. Recuperamos respuestas similares y nos descubrimos escondidos en los mismos refugios y argumentos.

Quizás por eso concebimos el amor como una sucesión de personas que van pasando por nuestra vida, personas que cambian pero que no son más que un mismo tipo de relación que se repite.

Carl Gustav Jung dice que aquellos que no aprenden nada de los hechos desagradables de la vida fuerzan a la conciencia cósmica a que los reproduzca tantas veces como sea necesario para aprender lo que enseña el drama de lo sucedido.

“¿Serás, amor
un largo adiós que no se acaba?
Vivir, desde el principio, es separarse.
En el primer encuentro
con la luz, con los labios,
el corazón percibe la congoja
de tener que estar ciego y solo un día.
(…)
Cada beso perfecto aparta el tiempo,
le echa hacia atrás, ensancha el mundo breve
donde puede besarse todavía.
Ni en el llegar, ni en el hallazgo
tiene el amor su cima:
es en la resistencia a separarse
en donde se le siente,
desnudo, altísimo, temblando.
Y la separación no es el momento
cuando brazos, o voces,
se despiden con señas materiales:
es de antes, de después.
Si se estrechan las manos, si se abraza,
nunca es para apartarse,
es porque el alma ciegamente siente
que la forma posible de estar juntos
es una despedida larga, clara.
Y que lo más seguro es el adiós.”
Pedro Salinas

(Imagen: Máquina magnética de Kircher)

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