Aquellas “manos muertas”

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Hasta que llegó la revolución francesa el mundo exterior se introducía en los conventos. Las monjas leían, escribían y recibían visitas de amigos y familiares. Pero con la revolución burguesa las órdenes contemplativas, las que se dedicaban a estudiar y rezar, empezaron a ser vistas como congregaciones inútiles, de “manos muertas”.

Las órdenes hospitalarias sin embargo tuvieron un nuevo impulso. Las monjas abrieron hospicios, hospitales y colegios para niñas. Pasaron a llamarse madres y dejaron de ser simplemente mujeres. La abadesa, dejó de ser una más y se convirtió en la Madre Superiora porque ya no se encargaron de la organización del convento. Los arzobispados, formados por hombres, pasaron a fiscalizar su funcionamiento aduciendo razones jurídicas y económicas.

“Nada te turbe;
nada te espante;
Todo se pasa;
Dios no se muda;
la paciencia
todo lo alcanza.
Quien a Dios tiene,
nada le falta.
Sólo Dios basta.”
Teresa de Jesús. Oración

(Imagen: Hildegarda de Bingen, Riesencodex, Biblioteca de la Hochschule de Rhein-Main)