Lágrimas y paraísos

juicio

Desde la expulsión del Paraíso, el ser humano vive en un valle de lágrimas. Esta idea de que la vida es sufrimiento está metida en nuestras raíces y en nuestra historia. Nos han dicho que las fatigas nos ayudan a menospreciar la vida presente y a ser más santos. Cilicios, ayunos y penitencias son instrumentos para una mayor conciencia espiritual. La mortificación salva a las almas. Es el sometimiento del cuerpo y de la mente, de la ternura y de la alegría.

Por otro lado, desde la sociedad de consumo, se nos dice lo contrario, que la vida está para disfrutarla y, para ello, tan solo hace falta tener dinero. Si consumimos según nuestros gustos, apetencias y mejor conocimiento no nos faltará en la tierra el placer y la seguridad que buscamos. No hay que renunciar a nada.

El valle de lágrimas o el paraíso en tierra. En ambos casos: perdidos, insatisfechos y asustados, bien por no llegar al cielo, bien por perder lo que tenemos o no alcanzar lo que tanto deseamos.

“Si culpa, el concebir; nacer tormento;
guerra, vivir, la muerte, fin humano;
si después de hombre, tierra y vil gusano,
y después de gusano, polvo y viento;
si viento nada, y nada el fundamento;
flor, la hermosura; la ambición, tirano;
la fama y gloria, pensamiento vano,
y vano, en cuanto piensa el pensamiento,
¿quién anda en este mar para anegarse?
¿De qué sirve en quimeras consumirse,
ni pensar otra cosa que salvarse?
¿De qué sirve estimarse y preferirse,
buscar memoria habiendo de olvidarse,
y edificar habiendo de partirse?”
Lope de Vega

(Imagen: Fresco del Juicio Final (detalle). Nicolás Delli. 1445. Catedral Vieja de Salamanca)

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