Nubes: hay veces que no sabemos qué nos ocurre

torre-hercules

No todos los días son fáciles. Hay veces que todo duele y que actuamos sin pensar bajo una nube gris que todo lo aplana y pesa sobre los hombros. Quizás ni siquiera sabemos la causa. La nube es oscura para la mente. Todo se pierde en ella. Se difuminan los puntos de referencia. Fue acaso porque nos despertamos en mitad de la noche a causa de algún sueño, o simplemente, nos desveló el aire tibio de la futura mañana. Solo sé que, la cuesta del mundo se hizo más larga y las piernas más pesadas. Ni siquiera sé con certeza, si llegó el alba.

La idea de lo que somos también se diluye a veces como la niebla. Hay días que flotamos en una sociedad de apariencia donde nada es lo que parece. Somos conscientes de ese vacío, duele. Queremos llegar a tener aquello que más deseamos pero estamos atados, sin brazos para alcanzarlo, sin piernas para ir tras ello. Quisiéramos ser diferentes. Somos mortales mortalmente insatisfechos. Nada nos llena. Solo nos queda la nube.

“Je meurs de seuf auprés de la fontaine,
(…)
Je riz en pleurs et attens sans espoir,
Confort reprens en triste desespoir,
Je m’esjoys et n’ay plasir aucun,
Puissant je suis sans force et sans pouoir,
Bien recueully, debouté de chascun.
Riens ne m’est seur que la chose incertaine,
Obsucur fors ce qui est tout evident,
Doubte ne fais fors en chose certaine,
Scïence tiens a soudain accident,
Je gaigne tout et demeure perdent”
François Villon , Ballade du concours de Blois (extracto)

(imagen: Torre de Hércules. A Coruña)

Anuncios

Tiempo de manzanas

reni

Sobre un fondo oscuro, dos figuras desnudas se entrelazan como en un extraño baile en un cuadro de Guido Reni. Atalanta corre desnuda, como los hombres. Es una mujer libre. Fue la única mujer que acompañó a los argonautas en la búsqueda del vellocino de oro, Ha ganado todas las carreras y su padre ha ejecutado a todos su anteriores contrincantes como ella había pedido. Solo se casará con quien pueda superarla.

Hipomenes se mide con ella. Sabe que ella es más rápida que él y que ganará la carrera. Sin embargo y sin querer reconocerlo, Atalanta tiene dudas por primera vez. Desea algo más que correr, algo más que dejarse vencer por la fuerza de un hombre, por un cuerpo.

Atalanta sabe, como Eva, que solo las manzanas doradas del árbol del conocimiento pueden aminorar su marcha. Hipómenes también lo sabe y por eso ha utilizado el mayor de los hechizos:  su inteligencia.

Ahora, inclinada para recoger las manzanas de oro, Atalanta sabe que obtendrá el premio ………. si no gana.

(Imagen: Guido Reni. Atalanta e Hipómenes, 1618 -1619 Museo del Prado. Madrid)

Piedras o por qué nos castigamos

piedra.jpg

Por orden del rey Felipe II Ambrosio de Morales realizó un viaje por el norte de España para inventariar reliquias de santos, sepulcros reales, y libros manuscritos en catedrales, iglesias y monasterios. En el Monasterio de Matallana cerca de Valladolid encontró una madeja de hilo y seda cruda, que dicen fue hilada y torcida por la Virgen y en una bolsita, entre otras reliquias pequeñas, dos huesos, uno de San Saturnino, otro de Santa Ágata. También había una piedra. Era una de las que se utilizaron para apedrear a San Esteban. …… Esa piedra estaba expuesta en el monasterio para el recogimiento de los fieles. …

Tiramos piedras contra nuestro propio tejado.

“La piedra no se mueve.
En su lugar exacto permanece.
Su fealdad está allí, en medio del camino,
donde todos tropiecen
y es, como el corazón que no se entrega,
volumen de la muerte.
Sólo el que ve se goza con el orden
que la piedra sostiene.
Sólo en el ojo puro del que ve
su ser se justifica y resplandece.
Sólo la boca del que ve la alaba.
Ella no entiende nada. Y obedece.”
Rosario Castellanos. Piedra

(Imagen: El Bosco. Extracción de la piedra de la locura. 1475-1480. Museo del Prado. Madrid)

Espejos o cómo aprender de las discusiones

espejoHay veces que de pronto descubrimos que el otro no es el otro, que solamente tenemos delante nuestro propio reflejo.

Hay veces que descubrimos que, en el espejo, solo se refleja la sombra

Nada mejor que una discusión con alguien por quien sentimos un afecto grande para mirarse de frente. Esa discusión tan fuerte de una pareja que se ama, entre un padre y un hijo, entre dos hermanas…. es un instante violento. Es un espejo perfecto: todo lo que me dijiste y que se me quedó grabado, los agravios pasados y que llevo apuntados, todo lo que creo que estás pensando y sintiendo, todo lo que pienso que no has querido escuchar o reconocer, todo lo que pienso que deberías hacer…. todo eso, soy yo. La cuestión es si nuestro ego nos permite asomarnos al espejo.

“Todas las noches, antes de acostarse, Mercedes se ponía los bigudís delante del espejo del lavabo. Aunque estuviera muy cansada, nunca se acostaba sin ponerse los bigudís. Lo hacía casi sin mirar, partiendo el pelo en zonas que envolvía muy deprisa en cada hierrito, como si estuviera liando pitillos. Sobre el espejo estaba la bombilla encendida. Muchas noches, al terminar su tarea, Mercedes se encerraba con pestillo en aquel cuarto y se contemplaba el rostro atentamente, con los codos apoyados en el lavabo. Un rostro ancho, pasmado, de ojos enrojecidos que no expresaban ninguna cosa, un rostro que parecía recortado en cartón. Lo miraba como si lo viese cada noche por vez primera, y necesitaba concentrarse trabajosamente para sentir de verdad que le pertenecía. Durante mucho rato se miraban los ojos de fuera y los del espejo se buscaban hasta acercarse y fundirse. Y los de dentro, pronto tenían a flor el hilo del llanto. Al menor temblor de pestañas, la primera lágrima caía, dejando una huella seca y ardiente en la piel de la mejilla, un cauce tirante de sed que pedía más lágrimas. Era algo necesario y natural, como la lluvia. Lloraban largamente los ojos de Mercedes, sintiendo la compañía de aquellos otros del espejo, que por fin la habían reconocido.”
Carmen Martín Gaite

(Imagen: Libro de horas de Dionora de Urbino, Italia. 1480, British Library, U.K )

Solo quedo yo

plañideras

Ese día de noviembre hay mucho ruido en el cementerio. Pasamos entre las sepulturas mirando fotos, inscripciones y lápidas. Limpiamos y barremos días y meses de olvido. Les recordamos. Rezamos.
La muerte golpea al que queda. Es una sensación extraña, honda y fuerte. Se fue para no volver nunca y nos dejó pasado, es decir recuerdos. Nunca volverá a ser presente ni alimentará un nuevo pasado. Pero al que se fue lo recordamos siempre. Al mirar una foto, al pasar por algún sitio, al escuchar una palabra, …. aparece de pronto. Al que se fue lo llevamos dentro. ¡qué triste si solo estuviera en el cementerio, ese lugar tan frío, y no cerca de nosotros!
Sin embargo, cada noviembre, vamos al cementerio con flores. No son para los muertos: son para los que quedamos. Las flores son frágiles, bellas y perecederas como la vida. Las dejamos sobre la tumba todos los años, y cada año vuelven a marchitarse.
En un mundo en el que escondemos a los enfermos y ocultamos la muerte, en el que compramos flores de plástico ¿no servirá esta tarde de otoño para pensar que todos, poco a poco, nos marchitamos?

Es cierto que una vez, allá, en la infancia,
oí el silencio como un grito de arena.
Se callaron las almas, los ríos y mis sienes,
se me calló la sangre, como si de improviso,
sin entender por qué, me hubiesen apagado.
Y el mundo ya no estaba, sólo quedaba yo:
un asombro tan triste como la triste muerte,
una extrañeza rara, húmeda, pegajosa. Pero no volvió nunca.
Sólo quedan sus cuadros,
sus paisajes, sus barcas,
la luz mediterránea que había en sus pinceles
y una niña que espera en un muelle lejano
y una mujer que sabe que los muertos no mueren.
Francisca Aguirre

(Imagen: Plañideras. Pinturas de San Andrés de Mahamud (Burgos). 1295-1318. Museo Nacional de Arte de Cataluña. Barcelona.)

Sin amor vivía

Londres_tate_modern_klee_nuit_walpurgis

” Buscando el amigo a su Amado, encontró a un hombre que moría sin amor; y dijo: ” ¡Ah qué daño tan grande es que los hombres, de cualquiera suerte que mueran, mueran sin amor!”  Por esto dijo el amigo al moribundo: “Dime, hombre, ¿por qué mueres sin amor?”

Respondió: “Porque sin amor vivía.”

Raimon Llull, El libro del amigo y del Amado

(Imagen: Nuit de Valpurgis. P. Klee. Tate Modern. UK)

Matar al dragón

dragon
“Ha llegado la hora de matar al dragón,
de acabar para siempre con el monstruo
de las fauces terribles y los ojos de fuego.
Hay que matar a este dragón y a todos
los que a su alrededor se reproducen.
Al dragón de la culpa y al dragón del espanto,
al del remordimiento estéril, al del odio,
al que devora siempre la esperanza,
al del miedo, al del frío, al de la angustia.
Hay que matar también al que nos tiene
aplastados de bruces contra el suelo,
inmóviles, cobardes, desarraigados, rotos.”
Amalia Bautista

El miedo es una energía muy poderosa. Se alimenta de tiempo. Se nutre de recuerdos dolorosos y proyecta en el futuro nuestros temores. Recupera sentimientos de hambres, de frío o de indefensión que llevamos dentro desde hace siglos y que revivimos, sin darnos cuenta, en cuanto nacemos. El miedo además de moverse de arriba abajo en el tiempo, también viene de mirar hacia los lados. Es imaginar lo que pensaran o nos harán los otros o descubrirnos de pronto solos e indefensos.

El miedo nos hace ver el mundo amenazante y feo. Nos vuelve impotentes. No nos permite avanzar. El miedo nos impide amar y ser amados.

(Imagen: Codex Gigas. Monjes de Podlažice, 1295. Biblioteca Nacional de Suecia)